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    Use "concentrar" em uma frase

    concentrar frases de exemplo

    concentra


    concentraba


    concentraban


    concentrado


    concentramos


    concentran


    concentrando


    concentrar


    concentras


    concentro


    concentré


    1. Concentra tu atención, te lo ruego, en las


    2. atomización de una Internet que se concentra cada vez más


    3. En Nicaragua, la inversión pública en salud es muy escasa y se concentra en medidas focalizadas como la medición del crecimiento y la vacunación de niños y niñas


    4. eternidad, mieternidad, la gloria de las glorias, la mía, todo se concentra en él: ytodos


    5. concentra en un ser que no perteneceal mundo, nos hace mirar con desprecio todo lo


    6. compasion;el orgullo concentra, la vanidad disipa; elorgullo sugiere quizas grandes crímenes, la


    7. y concentra en elcorazón todas sus fuerzas


    8. haasimilado las legiones de arenques! Allí se concentra toda la


    9. frioy seco que concentra la actividad sobre los centros y provoca su accionespansiva;


    10. lo llegan á ser por lapersistencia de una irritacion que se concentra en los

    11. Engeneral, la fluxion que se concentra en una


    12. —¿De veras? —Pero se concentra sobre todo en el paquete, lo huele


    13. - Bien, esto concentra nuestra atención en los demás habitantes de la casa – dijo Poirot sin alzar la voz-


    14. El se concentra en sus papeles, le va a estallar el corazón


    15. Nuestros exámenes iniciales sugieren que Ultra se concentra en el tronco del cerebro, el mesencéfalo y el sistema límbico


    16. Una sustancia «paramagnética» -es decir, que concentra las líneas de fuerza magnética- se pone casi en contacto con el helio líquido, separado de éste por gas de helio, y la temperatura de todo el sistema se reduce hasta -272º C


    17. Una de ellas es el cobalto 60, que genera rayos gamma de elevada energía y es mucho menos costoso que el radio; otra es una solución de yodo radiactivo (el «cóctel atómico»), que se concentra en la glándula tiroides, atacando así el cáncer tiroideo


    18. En tal supuesto, un décimo de la masa asteroidea total se concentra en el mundo singular de Ceres


    19. Cierra los ojos y se concentra


    20. Arkarian se concentra en los perros, los mira fijamente a los ojos para atraer su atención

    21. Concentra tu voluntad en ella y empuja


    22. En la ciudad vieja, hay una calle donde se concentra el mercado de


    23. El agua que contiene la forma pesada de oxígeno conocida como “isótopo de oxígeno 18” también se concentra durante las sequías, mientras que el isótopo de oxígeno más ligero, el oxígeno 16, se evapora junto con el agua que lo contiene


    24. En la actualidad los habitantes de Tikopia se dividen en cuatro clanes, cada uno de los cuales está liderado por un jefe hereditario que concentra más poder que un gran hombre no hereditario de las tierras altas de Nueva Guinea


    25. Toda su mente se concentra en la gran ciudad


    26. Mientras tanto, Jerry va pensando todos los detalles del plan y concentra su mente en tal propósito


    27. En España esta vida social se concentra en el café y en el casino


    28. Es el poder de la Diosa y concentra la fuerza que un día, en el pasado, cubrió la superficie del mundo como un manto lleno de vida y color


    29. En realidad, el calentador ionosférico de Eastlund es diferente a otros conocidos hasta la fecha: la radiación de radiofrecuencias (RF) se concentra y enfoca en un punto de la ionosfera, consiguiendo proyectar una cantidad de energía sin precedentes


    30. –¿Por que concentra la investigación en las amistades femeninas de Angelo?

    31. Pero en todo caso, un enfrentamiento mental complicado, que comienza en la infancia y se concentra en torno a las palabras neolingüísticas paracrimen, negroblanco y doblepensar, le convierte en un ser incapaz de pensar demasiado sobre cualquier tema


    32. El movimiento de sus labios concentra todas las arrugas en las mejillas, como si fueran agujas de pino


    33. Valfierno se concentra en su anillo de sello


    34. Selecciona a la carrera uno que le viene de bruces y se concentra en él olvidándose por completo de las consecuencias de su acción


    35. Hay informaciones de que el ejército francés concentra tropas en la frontera pirenaica


    36. expresarlo, se va a otra habitación y se concentra


    37. Cualquiera en Anarkia puede coger su agenda y averiguar si la riqueza de la isla se concentra en una agrupación, se manda fuera o lo que sea, y obrar en consecuencia como mejor le parezca


    38. Ahora su horizonte se reduce a un puñado de pabellones regulares y monótonos como los de un cuartel, y su atención se concentra en el patio y en unas figuras mudas


    39. Este azúcar se concentra en regiones del cerebro que son activadas por los procesos mentales, que requieren energía


    40. —Sí, pero ya sabéis, el médico, cuando trabaja, se concentra en lo suyo

    41. Vea el tallo crecer hacia arriba, mírelo brotar a través de la superficie de la tierra, véalo dividirse y formar ramas, vea cómo cada rama se forma simétrica y perfecta, vea formarse las hojas, y los tallos minúsculos, que sostienen en alto un brote, y vea que el brote se agranda y entonces su flor preferida esta a la vista; y si usted atento se concentra, ahora será consciente de la fragancia; es la fragancia de la flor pues la brisa sacude suavemente la hermosa creación que usted ha visualizado


    42. Si usted se concentra en algún asunto de importancia, la energía intuitiva será puesta en la operación, y la ayuda vendrá en la clase de información que lo conducirá al éxito


    43. —¿Y de verdad crees que la bota aumenta y concentra la conexión con la Fuerza?


    44. Toda la impureza del mundo se concentra en ella


    45. Mientras los hombres que la rodean cogen sus botas-gancho de las estanterías, Liessa se concentra en una visualización plena


    46. En el acto segundo se ve enteramente burlado por un hombre inerme, y cruelmente castigado por los banderilleros, de manera que su confianza y su rabia ciega se acrecen y concentra su odio en un objetivo individual


    47. Se concentra en su enfado para avivarlo


    48. Con toda probabilidad concentra toda su atención en las víctimas, en quiénes eran, qué eran, por qué habían sido elegidas


    49. Uno de estos es que, como sucede con otras aproximaciones a la mecánica cuántica (generalizada), se concentra de hecho en la matriz densidad, en lugar de hacerlo en el estado cuántico, como modo de describir la realidad


    50. Una vez tomada la decisión, se concentra en el tema que lo ocupa: Kate Conlan






















    1. como recipiente, en el concentraba día


    2. Con todo, el esfuerzo del campesinado se concentraba, esencialmente, en adquirir, por compra o denuncio, más tierra y en defenderla


    3. crecimiento de la población GLBTT se concentraba en ciertos lugares limeños, y


    4. Su atención se concentraba inmediatamente enlos nuevos


    5. Mi única preocupación, mi idea fija, se concentraba en un solo


    6. atención se concentraba en el deseo depisar cuanto antes aquella


    7. todos sus odios los concentraba enél


    8. Luego, haciendo un esfuerzo, concentraba su atención, y


    9. Ferragut concentraba su atención para comprender lo que Tòni


    10. Concentraba toda su voluntad en el deseo

    11. El apuntador concentraba toda


    12. Lo había considerado débil en comparación con los fornidos korsars, pero ahora se daba cuenta de que en aquellos músculos suaves y ondulados se concentraba la fuerza de un superhombre


    13. {176} Al pasar, miraba con codicia los pequeños camarotes estrechos y desnudos donde se concentraba lo esencial de una vida de hombre, y entonces empezó a preferirlos a las habitaciones más lujosas


    14. En aquellos días primitivos, la atención se concentraba en los ordenadores


    15. Franz no oyó bien las palabras del conde, y no apreció tal vez como debía aquel nuevo servicio, pues toda su atención se concentraba en el espectáculo que presentaba la plaza del Popolo y en el instrumento terrible que entonces resultaba su principal adorno


    16. A juzgar por la actitud de Khym, cuya atención se concentraba exclusivamente en su plato y en la parte giratoria del centro de la mesa, donde estaban las bandejas, se habría dicho que no había otro macho sentado a la mesa


    17. –Parece una operación normal en cualquier sitio del Pacto -dijo Haral mientras Pyanfar se concentraba en los controles-


    18. Tirun volvió a las comunicaciones en tanto que Haral se concentraba nuevamente en el tablero principal y las comprobaciones de los sistemas


    19. Y me concentraba en idear planes para castigarla aún más


    20. La tripulación callada concentraba toda su atención en la colina, de la que no apartaba los ojos desde hacía dos horas; pero la señal no aparecía

    21. El café había llegado hasta la manga de su vestido, pero la mayor parte se concentraba en el centro de la mesa, filtrándose y empapándome los pantalones


    22. Su acción se concentraba directamente en el General, poseído según ella por Satanás, encarnación misma del mal


    23. La niña, que tenía cierta inclinación por lo macabro, se concentraba de acuerdo con las instrucciones de su tío y lograba visualizar, como si lo estuviera viendo, la muerte de su madre


    24. A Catalina siempre le había admirado, no solamente la operación, sino el efecto que se conseguía con ella; la intensidad de luz se concentraba sobre los comensales y dejaba en penumbra a los lacayos y servidores, que no entraban en su círculo


    25. Llevada por el instinto, la hembra cambió de dirección bruscamente y ascendió hacia la superficie al tiempo que se concentraba en la embarcación una vez más


    26. Pero, mientras el cámara concentraba en ella el teleobjetivo hasta conseguir captar su mirada, Montalbano vio confirmado en ella lo que la viuda le había confesado: en sus ojos sólo había desprecio y aburrimiento


    27. La sargento Barnes había detenido la balsa por completo y se concentraba en el estudio de la situación


    28. Las persistentes afirmaciones sobre que el punto de mira se concentraba en Arabia Saudi e Irán habían provocado una intensa actividad en la diplomacia de ambos países


    29. Noté que el miedo se concentraba en su interior e irradiaba de ella, mientras, titubeante, observaba las estrellas apagándose en el cielo


    30. Se concentraba y se sentía confiado, haciendo bien su trabajo

    31. Los cautos y aprehensivos doctores que se enfrentaban a él comprobaron con alivio que no trataba de romperles los brazos y que se concentraba en perfeccionar las diversas fintas y movimientos que tanto gustaban a los espectadores


    32. Cross había admitido que se había convertido en una investigación a tiempo parcial en la que Dorsey se encargaba de la mayor parte del seguimiento, mientras que Cross se concentraba en los nuevos casos


    33. Más tarde, mientras se concentraba en un tubo intravenoso reacio, el conserje la tocó en el hombro


    34. En aquel momento, toda mi atención se concentraba en Chuck


    35. A través de la obra del neocelandés Ernest Rutherford (1871-1937), quedó claro, en 1931, que casi toda la masa del átomo se concentraba en un núcleo en el centro


    36. Una vez afirmó que había construido un aparato de ondas sonoras que concentraba las pulsaciones de la tierra en un punto muy pequeño


    37. El fuego confederado se concentraba en las posiciones sostenidas por dos divisiones de efectivos reducidos


    38. Si se concentraba, el clérigo podía escuchar retazos de conversaciones y de palabras intercambiadas fuera de su ventana


    39. Dagny se dijo que había existido un tiempo en que la mente de Hank, su energía, sus inagotables recursos,, habían sido empleados en la misión de conseguir siempre mejores métodos para contender con la naturaleza; ahora, en cambio, se concentraba en una tarea igual a la del criminal que pretende ser más astuto que sus congéneres


    40. La agitación que Garion experimentó, mientras ella se concentraba en su voluntad, fue sobrecogedora

    41. Vio cómo se ruborizaba y concentraba de pronto toda su atención en la mochila que el hijo intentaba ponerse solo


    42. Desconocían dónde se concentraba el grueso de las fuerzas paracaidistas americanas, y carecían de liderazgo


    43. –Estoy segura de que tiene todo muy bien organizado y sabe lo que está haciendo -murmuró Emmaline mientras concentraba su atención en el cuchillo de mantequilla que estaba usando en ese momento


    44. Si se concentraba, Owain podía oír las voces de los mortales en el pueblo, casi a un kilómetro de distancia, almas satisfechas que se demoraban en el último pub que se mantenía abierto a aquellas horas


    45. prestaba atención y se concentraba en juzgar una remesa de libros


    46. Cuando ella hablaba, él concentraba todos sus esfuerzos en impostar una cara que le devolviese a ella no sólo cierta idea clara de lo que había dicho, sino también de la persona que lo había dicho, Rosemary Moore, en vestido de tirantes


    47. Le tocó las piernas, escurriendo las manos debajo de la última prenda que le quedaba, pero evitando tocarla en el punto donde se concentraba la tensión


    48. Los Whitfield parecían mirarla constantemente para saber cómo reaccionar, mientras la fría mujer se concentraba, como un halcón, sobre Hannah, su presa


    49. El dolor se concentraba sobre todo en su cuero cabelludo


    50. para los pronósticos meteorológicos—, la mayor parte de la lluvia caída se concentraba en la zona de la bahía de San Francisco y alrededores)











































    1. un punto en el que se concentraban todos los haces de luz, aparecía una mesa baja


    2. Hacia fines de la década de los setenta, los resultados de una estrategia modernizadora excluyente eran contundentes: el analfabetismo alcanzaba a la mitad de la población mayor de 7 años; sólo un tercio de la población urbana y el 5% de la población rural tenía acceso al agua potable; menos de la tercera parte de la población tenía acceso al saneamiento; 120 de cada 1000 nacidos vivos morían antes de cumplir el año y el 2% de las empresas agrícolas concentraban el 8% de la tierra cultivable (Renzi y Kruijt, 1997)


    3. vigilancia, todos losrigores y todas las precauciones maternales se concentraban en la


    4. Toda su vida la concentraban en sus ojos,


    5. Ellos concentraban su ataque en la puerta


    6. Las conversaciones se detuvieron de golpe al ver a Saphira; todas las miradas se concentraban en ella


    7. Los discípulos de Hobbs, sin embargo, analizaron el aire y descubrieron que los gér-menes no flotaban como invisibles aves de rapiña dispuestas al ataque solapado, sino que se concentraban en las superficies sucias; la infec-ción se producía por contacto directo, de modo que lo fundamental era limpiar a fondo el instrumental, usar vendajes esterilizados y los ciruja-nos no sólo debían lavarse con saña, sino en lo posible usar guantes de caucho


    8. Concentraban ahora sus esperanzas en la solidaridad del gobierno, en el no reconocimiento de la victoria de la oposición, si ésta llegaba a suceder


    9. Tenían miedo de que un rápido avance ruso los atrapara, pero los rusos concentraban sus fuerzas más al norte, por la zona de Kars y Ardahán


    10. ¿Cree que este asunto puede traer cola? ¿Le parece que la compañía sufrirá las consecuencias? Esas especulaciones tenían sin cuidado a los reporteros de generaciones anteriores, que se concentraban en los hechos

    11. Mientras los soldados se concentraban al borde del claro, el guerrero dio la señal y Mawser se dispuso a tender la trampa


    12. Sus esfuerzos se concentraban en mantener la voz tranquila, pero no podía dominar sus palabras


    13. Abundaban las moscas y los bichos, que se concentraban en los restos de carne con piel que aún estaban adheridos a los huesos


    14. Los soldados de infantería son los que parecen haber sufrido las consecuencias más devastadoras de los morteros y las baterías de Ne-belwerfer alemanes, que concentraban sus disparos en el momento más inesperado


    15. Mientras muchas de las tropas alemanas en retirada se concentraban en los alrededores de Roncey, el Comando de Combate B de la 2


    16. Los ojos de la mujer daimón se concentraban en un lugar en medio de la habitación


    17. Así y todo, cada mañana, las miradas de los hombres del pueblo se concentraban en el Portón del Noroeste que en la primera decena del mes se mantuvo sereno y despejado


    18. Junto con los piratas franceses, los comerciantes y aventureros también franceses erigieron un asentamiento en el extremo occidental de La Española, lejos de la zona oriental en la que se concentraban los españoles


    19. Sus escasas energías se concentraban en ganar el dinero suficiente para mantener a sus dos hijos


    20. Los cocineros y panaderos trabajaban en mangas de camisa, con delantales ceñidos alrededor de sus opulentas cinturas, mientras se concentraban en la cena, indiferentes al consejo de guerra que se celebraba en la cocina

    21. El enorme pozo era diez veces más profundo que cuando Ian lo había visto por primera vez, y las máquinas excavadoras se concentraban en el centro


    22. abandonaban las faenas del campo y se concentraban a la salida


    23. En torno al procónsul, los lictores y, a su alrededor, decenas de jinetes romanos que, dejando sus caballos en manos de otros caballeros, se afanaban en retirar los muertos, casi todos cartagineses, apilando los cuerpos inertes en grandes montones hacia donde las bestias de rapiña del cielo concentraban sus ojos hambrientos y anhelantes


    24. Durante sus años estudiantiles, mientras los demás jóvenes de California protestaban contra la guerra, fumaban hierba y se concentraban en los Haights, las alumnas del Central de la Costa se cardaban el pelo hasta formar una torre esplendorosa, se enmarcaban los ojos con rayas negras y se pintaban los labios de un blanco deslumbrante


    25. Los incidentes de aquella noche emocionante estaban borrosos en su cerebro, pues ahora sus pensamientos se concentraban en el ser que le salvó la vida al apartarlo del taxi


    26. Los diarios locales, naturalmente, destacaban el hecho de que Tammy Venn fuera la nuera de Thomas Venn, presidente de Ross Raglan e inveterado opositor a que se otorgara rango de estado a una zona tan atrasada como Alaska, donde se concentraban tantas de las inversiones de los Venn


    27. Todos los comercios del barrio se concentraban en la Rue Saint-Léonard, una calle estrecha y atravesada por los tranvías, que pasaban a ras de bordillo


    28. De hecho, los comunistas no representaban sino una pequeña parte de la inmensa marcha izquierdista del 1 de mayo, pero como sus predecesores bolcheviques en 1917, se concentraban en la capital e hicieron cuanto estuvo en su mano por magnificar su presencia en Madrid


    29. Los androides trabajadores se concentraban en salvar las provisiones y lo poco que quedara de bota útil


    30. A lo largo de sus muchos años como cronista policial, Manterola había elaborado una opinión muy precisa sobre las limitaciones y posibilidades de la policía surgi- da de la Revolución; estas impresiones se concentraban en una sola: no servía para nada

    31. Eran un grupo pequeño que se enfrentaba a una tarea imposible, y morirían en el intento si no se concentraban totalmente en su misión


    32. Ahora los arqueros de Camelot tiraban con precisión matemática y una vez que aniquilaron hasta el último hombre de la segunda formación de pictos, Lancelot comenzó a comprender por qué concentraban sus blancos en objetivos que ya no tenían valor en lugar de disparar sobre la masa de atacantes, lo que habría hecho innecesaria una nueva andanada


    33. Se aproximaban a las murallas y, de repente, el aire se llenó de puntos llameantes que dejaban una estela luminosa tras de sí y, a veces, se concentraban en explosiones relampagueantes que se desvanecían inmediatamente


    34. Los ataques se concentraban contra Sujomlinov y Maklakov


    35. Su luz jugueteaba en los muros y el techo bajo, y proyectaba sombras que se concentraban en los rincones del largo cuarto


    36. Todos los pensamientos de la persona se concentraban en la respuesta de la Pitia, y por ello accedía a todas las preguntas y condiciones que le planteaban los sacerdotes


    37. A lo lejos, y gracias a sus penachos de color verde crudo, se distinguía a los dragones de Bade dirigidos por el gordo Marulaz, y los pesados gorros de piel de los suboficiales de Bessiéres que concentraban a sus jinetes hacia atrás, mientras que los coraceros arremetían antes de que los artilleros hubieran tenido tiempo de recargar


    38. Los ojos de Rachel se concentraban con seriedad en las páginas y su respiración contenida, que la hacía vi­brar, denotaba el esfuerzo de su inteligencia


    39. Más inteligentes que los otros, se concentraban en presidentes que se vieron envueltos en conflictos interiores o exteriores


    40. De manera que no me sorprendió ver que el ala derecha del enemigo, sin ningún apoyo de caballería, descansaba a orillas del río Emipeo y que todas las tropas ligeras (tenía excelentes honderos) y toda la caballería se concentraban en el ala izquierda, donde había gran espacio para maniobrar

    41. Se concentraban en los Vástagos, no en el ganado


    42. Ya no estaban interesados en recuperar su estación de rastreo: ahora se concentraban en destruirla


    43. Los pensamientos de Lena se concentraban en el modo de conservar la posesión del arma que parecía contener en sí misma todos los peligros y asechanzas de un mundo abocado a la muerte


    44. La policía había acordonado una zona amplia y algunos curiosos, tras interrumpir su celebración, se concentraban al lado del cordón policial


    45. Había tardado veinte años en abrir su corazón a esa ciudad, pero ya por fin la había dejado entrar, eso sí, poco a poco: primero el viejo parque de bomberos, luego las colinas de lo alto de la ciudad, la parte poblada de elegantes casas, algunas de las cuales habían sido transformadas en pequeñas y exquisitas galerías y oficinas, mientras que las colinas de la parte sur estaban cubiertas en su mayor parte por bloques altos, en los que se concentraban todos los inmigrantes y demandantes de asilo de la ciudad, con todo lo que eso conllevaba de oscuros prejuicios y sus correspondientes problemas de orden público


    46. Esta vez, los negros heraldos no se concentraban en un solo lugar


    47. Pudieron huir de mala manera los aislados y retomar posiciones bajo la batuta de una minoría dirigente que ordenó repliegue y concentración en espacio abierto, de nuevo en el dorso del balneario, mientras los residentes se concentraban sobre el césped entre la piscina y el pabellón de los fangos, y entre los dos bandos los ocho efectivos humanos policiales, sin saber a qué turba vigilar más, aunque no podían disimular una tendencia espontánea a prevenirse frente a los agitadores


    1. encendidos que Ouissene llegara aportando las gotas del concentrado de información, para


    2. Te enviaré el derecho a hablar y escuchar a pescado por medio de una preparación hecha de fósforo concentrado y un tipo particular de plancton que fuimos capaces de seleccionar


    3. concentrado, con cuatro distribuidores que se reparten el 85


    4. concentrado en la figura social del “cochón”, aquel hombre que era penetrado


    5. que en realidadabrigan un fuego concentrado y comprimido, sonformidables cuando llega el


    6. Lalucha, últimamente, se había concentrado en el punto por


    7. Francia todo el orgullo está concentrado en la vidamilitar: fuera


    8. En el hijomayor había concentrado toda la cantidad de amor de


    9. todo elcalor de su organismo se había concentrado en el lado


    10. —Todo el fuego del infierno se ha concentrado en mi corazón,

    11. El mal se había concentrado en un


    12. —Se hace todo igual que el anterior, sustituyendo lasyemas con café concentrado


    13. y concentrado; aparte se hace medio kilo deazúcar buena en almíbar, se mezcla todo muy bien, y con un


    14. concentrado y más sobrio, valía tanto como el de ellos, todoexpansión, palabras y muecas


    15. Suatención se había concentrado en otras


    16. 935, constituye el masdilatado poder concentrado en las


    17. Tristán,pensativo y con acento concentrado, dio la explicación


    18. Los hijos de los queasistían con religioso y concentrado


    19. existencia de un sensato equilibrio, entre lo ampuloso y lo concentrado, entre la abundancia y la fijación


    20. Me esforcé en seguir concentrado y contener mi impaciencia por conocer el resultado de las investigaciones de Yanai

    21. La impaciencia dominaba las pasiones, levantando un rumor inmenso y prolongado, como si todo Paris se hubiera concentrado en el barrio del palacio de Justicia


    22. Solo acero, concentrado en ellos por toda una vida de riguroso autocontrol, por días y días de castidad y obediencia, por la oración incesante y la supresión de toda emoción salvo la del odio contra si misma


    23. ¿Qué hace un aprendiz de adiestrador con el clicker? Si el adiestrador está concentrado en que el clicker suene en el momento justo, ¿acaso juguetea con él? No


    24. Petrós había adoptado una expresión de tristeza que se había concentrado en su frente y ensombrecía el resto de su rostro


    25. El padre Brown, una vez más, se había concentrado en el manejo de la manecilla de la máquina que hacía saltar un muñeco y otro alternativamente


    26. Naturalmente, parecía más concentrado en el examen de los cuerpos que en la supuesta importancia del doctor, hasta que un detalle lo distrajo de pronto de la observación anatómica


    27. Isabelle lo llamó, pero estaba tan concentrado en su búsqueda que no alzó la vista


    28. Tenía los brazos estirados, brazos largos, potentes, en los que parecía haberse concentrado toda la fuerza de su cuerpo desde el accidente


    29. La atención general se habría concentrado en varias personas que en aquella época disfrutaban de la confianza del Gobierno


    30. Consiste en un caldo de carnes y verduras muy concentrado, al cual se le echa el paisaje dentro

    31. Después de estar concentrado tanto rato en el trabajo y en nada más, Eragon se sorprendió de lo intenso de su cansancio


    32. Se cruzó de brazos y frunció el ceño mientras Roran, concentrado en su trabajo, ceñía la silla


    33. Toda la atención de los árabes se había concentrado en la botella, e incluso algunos se arrojaron al agua para recogerla


    34. En esos días su corazón se fue apagando con rapidez, pasaba muchas horas concentrado en el fatigoso proceso de despedirse de la vida y desprenderse de su cuerpo


    35. Permaneció así un rato, sentado y con la mente vacía de pensamientos, consciente de mil sensaciones agudas y sutiles, concentrado solo en el ritmo regular de su respiración


    36. Todo lo veía Diego de Cárdenas a través del ajustado postigo de una ventana del primer piso de una de las casas que daban a la plaza, y que su anfitrión le había asignado para vestirse y poder estar tranquilo y concentrado los momentos que precedían a la lidia de los toros


    37. —Asombroso —murmuró en voz alta e hizo un esfuerzo por mantenerse concentrado, lejos de los


    38. En ese momento Floyd empezó a entender por qué tantas partes interesadas habían concentrado su atención en Europa; las ramificaciones políticas y económicas eran ilimitadas


    39. Pepè Rizzo estaba concentrado en la operación de la apertura de la zapatería y no vio el coche con dos personas que se detenía junto a la acera


    40. Todo estaba tranquilo, como si las fuerzas de la Naturaleza se hubiesen concentrado, con silenciosa intensidad, en reconstruir el mundo después de la ruina del invierno

    41. Armand se detuvo bajo el dintel en arco de la puerta y pareció que transcurrían horas, aunque no era así; Gabrielle estaba lejos de mí, en un rincón de la cámara, con una expresión fría en su rostro concentrado y unos ojos tan radiantes como pequeños eran


    42. Así que no debería haberme sorprendido que Source, «la fuente de la CIA», se hubiese concentrado en Venezuela con todas sus energías


    43. El pareció reflexionar concentrado


    44. Lo que era notable era cómo la rabia de Kotchof se había concentrado en Grace Tanaka


    45. Volvieron a mirar el indicador que sólo momentos antes había concentrado toda su atención, se movía de nuevo, despacio al principio, pero ganando velocidad, la diferencia era que se movía en dirección opuesta


    46. Esa palabra, final, lo lleva a pensar en el pequeño frasco oscuro, de tapón de cristal sellado con lacre, que aguarda en uno de los cajones de la mesa de despacho: una solución de opio concentrado que constituye su atajo, tranquilo y dulce, en previsión de lo peor, a la libertad y la indiferencia


    47. Y mientras el comisario se paseaba de un lado a otro, concentrado como un sabueso que ventease una caza difícil, con los ojos leales de Cadalso siguiéndolo de lejos y pendiente de sus órdenes, Barrull ha comparado esos datos con la temperatura y la presión atmosférica actuales, considerando posibles variaciones significativas de un lugar a otro


    48. Indiferente, concentrado en lo suyo, Rogelio Tizón ha llegado ante la fachada de la iglesia del Rosario


    49. Pero Jason estaba concentrado en la lectura


    50. Mi padre estaba tan concentrado en su interrogatorio al señor Reed que no se dio cuenta de que yo, apostado en la puerta, les escuchaba con la curiosidad propia de los niños en las conversaciones de los adultos













































    1. Incluso ahora, si nos concentramos, todavía podemos olerlos


    2. Nos concentramos en el tema de insolvencias


    3. Nos concentramos frente al pronaos del templo a media mañana y las horas transcurrieron mientras crecía la expectación y corría de boca en boca la noticia de que el nuevo emperador acudiría allí de un momento a otro, aunque el acontecimiento, por expreso deseo de Decio, sólo se había hecho público entre los altos cargos del ejército y su círculo de amigos y colaboradores


    4. ¿Cómo podría ser de otra manera? Por otra parte, cuando nos encontramos con éxito, ganancia, o cualquier otra condición deseable, nos concentramos naturalmente en los efectos de estas cosas y de ese modo creamos más, y así se concluye que lo mucho conduce a más


    1. Son tan incapaces de hacerlo los medios de comunicación como los agentes, que de ninguna manera concentran el monopolio de las transformaciones sociales


    2. Las limitaciones no son aleatorias entre las prácticas de la asignación de los recursos sino que se concentran en el papel del trabajo no remunerado en la producción del bienestar, concretamente en el ámbito doméstico


    3. el momento de adquisición y las investigaciones de memoria se concentran en el


    4. concentran una energía colosal de amplitud dimensional y


    5. —La historia del Padre de los Maestros es la historia de todas lasmujeres que concentran su felicidad y su porvenir en un hombre,entregándose á esa pasión absorbente y martirizadora que llaman amor


    6. concentran los fugitivosrecuerdos de toda la vida anterior,


    7. Pues bien, ¡no es eso! ¿Sabe usted que el pelotón se sitúa a metro y medio del condenado? ¿Sabe usted que si diera un paso hacia adelante se daría con los fusiles en el pecho? ¿Sabe usted que a esta distancia los fusileros concentran su tiro en la región del corazón y que entre todos, con sus balas hacen un agujero donde se podría meter el puño? No, usted no lo sabe porque son detalles de los que no se habla


    8. Los rusos concentran su fuego en Putrolovo, Kattelovo y la Fábrica de Papel…"El Guá"


    9. -En absoluto, también tenemos una colección de muestras de toda la evolución sobre la superficie terrestre, por supuesto estamos más interesados en los últimos diez mil años, por razones obvias, aunque ese período de tiempo representa un breve instante a escala cósmica, nuestras colecciones se concentran en él


    10. Nadie quiere ser el último, ni caer en manos de los guerrilleros que ya se concentran y merodean como alimañas crueles, cada vez más atrevidos, venteando el pillaje y la sangre

    11. Esas tres moléculas son «moléculas polares»; es decir, tienen polos, en los cuales se concentran cargas eléctricas


    12. Los dos concentran su atención en el tornado


    13. Resulta que alrededor del 80 por ciento de los beneficios agrícolas de Australia proceden de menos del 0,8 por ciento de sus tierras agrícolas, que se concentran casi en su totalidad en el rincón sudoccidental del país, en la costa sur de las inmediaciones de Adelaida, en el rincón sudoriental y en el este de Queensland


    14. (Los tres se descubren simultáneamente, se llevan la mano a la frente y se concentran impacientes


    15. LOS internacionales franceses que van a ser repatriados se concentran en el Perelló, en la costa


    16. Toman un barrio antiguo en ruinas, lo arreglan y allí se concentran todos los maricas de la ciudad, donde los dejan estar el ayuntamiento porque así no están desperdigados por toda la ciudad en cualquier lugar


    17. Las Cartas de Amor lo concentran en el presente para poder responder a su pareja con confianza, aceptación, comprensión y condescendencia


    18. ¿Por qué Mettray? Porque es la forma disciplinaria en el estado más intenso, el modelo en el que se concentran todas las tecnologías coercitivas del comportamiento


    19. Los cañones de raíles están limitados porque concentran mucha energía en un espacio muy pequeño


    20. Cuando se llega a la ciencia militar a gran escala, los ojos también se concentran en el estado de las tropas enemigas

    21. Los reflectores instalados en las fachadas de las casas y en el castillo se concentran sobre él, y desde aquel coche blindado dirige su primer discurso al pueblo


    22. Muchos se concentran constantemente en dolor, pérdida y discordia de todo tipo; como el pensamiento es creativo esto origina necesariamente que esta concentración inevitable conduzca a más pérdida, a más dolor y a más discordia


    23. Tan terrible anuncio de cuya veracidad no podía dudar viniendo del mismo comandante del buque en cuya persona se concentran siempre y más en trances tan angustiosos todas las esperanza de salvación de los hombres de mar en el mundo entero, puso ciertamente a dura prueba la disciplina de la marinería de la “Rosales”


    24. Si miras las terminaciones nerviosas que contiene, verás que muchas se concentran en la parte externa, pero otras están ramificadas por la parte interna y son parecidas a las que encuentras en la parte dorsal del pene


    25. Purgados de toda preocupación ajena a la del sub-mundo en el que languidecen, sus fuerzas y su fantasía se concentran en una obsesiva tarea: durar, no perecer


    26. Finalmente las miradas se concentran en el viejo Marsé, impresionado por las últimas palabras de la guía


    27. Lugar donde se reúnen, acuden o concentran personas o grupos por algún motivo o con alguna finalidad


    28. Durante estos momentos de cambio se concentran los cambios evolutivos


    29. —Ya lo sé, profesora, pero si Voldemort y los mortífagos se concentran en Hogwarts y sus jardines, no creo que les importe mucho que haya gente desapareciéndose desde el Cabeza de Puerco


    30. Caminan por una zona que Carlos nunca ha pisado, muy próxima a su casa pero totalmente desconocida, pues en realidad, admite ahora, apenas conoce su propio barrio, más allá de las inmediaciones de su casa, el trayecto hasta el instituto, la incorporación a la autopista, el centro comercial, y las tres o cuatro calles que concentran los principales comercios y los servicios administrativos

    31. Nadie ha tocado nunca un timbre tan terrible: no me refiero al sonido que produjo sino a la presión en sí, al tacto del botón contra mi dedo, o de mi dedo contra el botón, nadie ha sentido nunca lo mismo que yo; aunque mi sensación fue lógica, ya que físicamente sería imposible tocar el timbre sin el hueso, quiero decir que sin el hueso nuestro dedo se torcería sobre el botón como un tubo de goma, o se aplastaría ridículamente, o se introduciría en sí mismo como un guante vacío, así que hasta cierto punto resulta lógico suponer que el timbre suena con el hueso, que es mi esqueleto el que llama a la puerta, pero nadie ha sentido nunca tal cosa, y me produjo pena y sorpresa comprobar que hasta aquel momento crucial yo ignoraba lo que realmente somos y que el conocimiento puede producirse así, de improviso, mientras el zumbido eléctrico molesta el oído todavía, que se me haya revelado en ese instante doméstico, que cuando Galia abrió la puerta yo ya fuera otro, que el sonido de su timbre me despertara de un sueño de ignorancia para sumirme en la vigilia de un mundo que, por desagradable que fuera, era más cierto, porque si mi dedo había hecho sonar el timbre era debido a que llevaba hueso en su interior; lo había percibido de repente: mi dedo era un dedo con hueso y su utilidad radicaba en el hueso, al palparlo noté la dureza debajo, tras impensables láminas de músculo, y la realidad de aquella presencia me dejó asombrado, estuporoso, con un estupor y un asombro no demasiado intensos pero permanentes: oh Dios mío tengo un hueso debajo, mi dedo no es un dedo, es un hueso articulado y protegido contra el desgaste: la idea me vino así, con una lógica tan aplastante que no me sorprendió en sí misma sino su ausencia hasta ese timbre; no había una idea extraña e increíble, había una extraña e increíble omisión de la idea en todo el mundo, justo hasta el histórico momento en que llamé a la puerta del piso de Galia, pero Galia estaba en el umbral con su bata azul celeste y su cabello ondulado como por rulos invisibles, y me contemplaba sorprendida; y es que es una mujer muy perspicaz: apenas me entretuve un instante demasiado largo entre su saludo y mi entrada, y ya me había preguntado qué me ocurría: yo me frotaba el índice de mi descubrimiento contra el pulgar, incapaz de creer aún que lo obvio podía estar tan oculto, casi temeroso de creerlo, y opté por disimular esperando tener más tiempo para razonar, así que entré, le di un beso, me quité el abrigo húmedo y la bufanda y saludé al pasar a César, que ladraba incesante en el patio de la cocina: Galia me dijo qué tal y yo le dije muy bien, y le devolví estúpidamente la pregunta y ella me respondió igual, y de repente me pareció absurdo este diálogo especular de respuestas consabidas, o quizá era que la revelación me había estropeado la rutina, véase si no otro ejemplo: mantuve tieso el culpable dedo índice mientras entraba, y ni siquiera lo utilicé para quitarme el abrigo, como si una herida repentina me impidiera usarlo, y es que desde que había comprobado que ocultaba un hueso lo miraba con cierta aprensión, como se miran los fetiches o los amuletos mágicos; pero hice lo que suelo hacer: me senté en uno de los dos grandes sofás de respaldo recto, estiré las piernas, saqué un cigarrillo —con los dedos pulgar y medio— y dije que sí casi al mismo instante que Galia me preguntaba si quería café, incluso antes de saber si realmente tenía ganas de café, ya que la tradición es que acepte, y Galia, tan maternal, necesita que yo acepte todo lo que me da y rechace todo lo que no puede darme; tomar el café en la salita, mientras termino el cigarrillo y justo antes de pasar al dormitorio, se ha vuelto, a la larga, el rato más excitante para ambos; charlamos de lo acontecido durante la semana, Galia me pregunta siempre por Ameli y Héctor Luis, se muestra interesada en mis problemas y apenas me habla de los suyos, pero el diálogo es una excusa para que ella me inspeccione, me palpe, capte cosas en mi mirada, en mi forma de vestir, en mis gestos, pues Galia, a diferencia de Alejandra, es una mujer afectuosa, impulsiva y, como ya he dicho, perspicaz, y la conversación no le interesa tanto como ese otro lenguaje inaudible de la apariencia, así que es muy natural que la interrumpa para decirme: estás cansado, ¿verdad?, o bien: hoy no tenías muchas ganas de venir, ¿no es cierto? o bien: cuéntame lo que te ha pasado, vamos, has discutido con Alejandra, ¿me equivoco?, así estemos hablando del tiempo que hace, los estudios de Héctor Luis o lo que sea, da igual, su mirada me envuelve y nota las diferencias; por lo tanto, no fue extraño que esa tarde me dijera, de repente: te encuentro raro, Héctor, y yo, con simulada ingenuidad: ¿sí?, y ella, confundida, aventura la idea de que pueda tratarse de Alejandra o de la niña: no, no es Alejandra, le digo, tampoco es Ameli; Alejandra sigue sin saber nada de lo nuestro, tranquila, y en cuanto a Ameli, ya la dejo por imposible, pero ella concluye que tengo una cara muy curiosa este jueves y yo la consuelo a medias diciéndole que estoy cansado, y ella insiste: pero no es cara de estar cansado sino preocupado, y yo: pues lo cierto es que no me pasa nada, Gali, porque cómo decirle que estoy pensando inevitablemente en el hueso de mi dedo índice, cómo decirle que de repente me he descubierto un hueso al llamar al timbre de su casa: ¿acaso no iba a sentirse un poco dolida?, ¿acaso no pensaría que era una forma como cualquier otra de decirle que ya estaba harto de visitarla cada semana, todos los jueves, desde hace años?, sonaba mal eso de: acabo de darme cuenta, Gali, justo al llamar al timbre de tu puerta, de que tengo un hueso en el dedo, de que mi dedo índice son tres huesos camuflados, para acto seguido decir: bueno, Gali, no pensemos más en que mi dedo índice son tres huesos, ¿no?, y vamos a la cama, que se hace tarde; sonaba mal, sobre todo porque con Galia, igual que con Alejandra, tenía que andar de puntillas: nuestra relación se había prolongado tanto que, a su modo, también era rutinaria, a pesar de que ella seguía llamándola «una locura»; curiosamente, Galia es viuda y libre y yo estoy casado y tengo dos hijos, pero ella sigue diciendo que lo nuestro es «una locura» y yo pienso cada vez más en una aburrida traición, un engaño cuya monótona supervivencia lo ha despojado incluso del interés perverso de todo engaño dejando solo los inconvenientes: jamás podría hablarle a Alejandra de Galia, ahora ya no, y jamás podría terminar con Galia, ahora ya no, cada relación se había instalado en su propia rutina y ya ni siquiera podía soñar con escaparme de ésta, porque se suponía que cada una servía precisamente para huir de la rutina de la otra: mi deber era cuidar de ambas, conocer a Galia y a Alejandra, saber qué les gustaba oír y qué no, lo cual, naturalmente, era difícil, y por eso mi propia rutina consistía en callarme frente a las dos; pero en momentos así callarme también era un esfuerzo, porque si me notaba incluso la división entre los huesos, si podía imaginármelos al tacto, sentirlos allí como un dolor o una comezón repentina, ¿cómo podía evitar pensar en eso?; y ni siquiera era mi dedo lo que me molestaba, ya dije, sino mi error al no darme cuenta hasta ahora: esa ceguera era lo que jodía un poco, perdonando la expresión; porque hubiera sido como si me creyera que el arlequín de la fiesta de disfraces no esconde a nadie debajo, cuando es bien cierto que ese alguien bajo el arlequín es quien le otorga forma a este último, que no podría existir sin el primero: sería tan solo puros leotardos a rombos blancos y negros, bicornio de cascabeles, zapatillas en punta y antifaz, pero no el arlequín, y de igual manera, ¿qué error me llevó a creer hasta esa misma tarde que mi dedo índice era un dedo?; si lo analizamos con frialdad, un dedo es un disfraz, ¿no?, una piel elegante que oculta el cuerpo de un hueso, o de tres huesos si nos atenemos a lo exacto, y a poco que lo meditemos, una vez llegados a este punto y pinchado en el hueso, valga la expresión, ya no se puede retroceder y razonar al revés: decir, por ejemplo, que el hueso es simplemente la parte interna de un dedo: sería como llegar a ver el alma: ¿acaso pensaríamos en el cuerpo con el mismo interés que antes?; pero mientras hablaba con Galia y la tranquilizaba estaba razonando lo siguiente: que este descubrimiento conlleva sus problemas, porque es un hallazgo delator, como atrapar a un miembro de la banda y lograr que revele la guarida de los demás: si mi dedo índice derecho, el dedo del timbre, lleva huesos ocultos, la conclusión más sencilla se extiende como un contagio a los otros cuatro de esa misma mano y, ¿por qué no?, a los cinco de la otra: tengo un total de diez huesos entre las dos manos, tirando por lo bajo, cinco huesos en cada una, y lo peor de todo es que se mueven: porque hay que pensar en esto para horrorizarse del todo: ¿alguna vez vieron moverse solos a diez huesos?, pues ocurre todos los días frente a ustedes, en el extremo final de los brazos: hagan esto, alcen una mano como hice yo aprovechando que Galia se acicalaba en el cuarto de baño (porque Galia se acicala antes y después de nuestro encuentro amoroso), alcen cualquiera de las dos manos frente a sus ojos y notarán el asco: cinco repugnantes huesos bajo una capa de pellejo (ni siquiera huesos limpios, por tanto, sino envueltos en carne) moviéndose como ustedes desean, cinco huesos pegados a ustedes, oigan, y tan usados: saber que nos rascamos con huesos, que cogemos la cuchara con huesos, que estrechamos los huesos de los demás en la calle, que acariciamos con huesos la piel de una mujer como Galia: saberlo es tan terrible pero no menos real que los propios huesos, saberlo es descubrirlo para siempre, y lo peor de todo fue lo que me afectó: no se trata de que no se me pusiera tiesa en toda la tarde, perdonando la intimidad, ya que esto me ocurría incluso cuando pensaba que los dedos eran dedos, no, lo peor fue el cuidado que puse: tanto que no parecía que estaba haciendo el amor sino operando algún diente delicado; y es que me invadió una notoria compasión por Galia, tan hermosota a sus cincuenta incluso, al pensar que sobaba sus opulencias, sus suavidades, con huesos fríos y duros de cadáver: mi culpa llegó incluso a hacerme balbucear incongruencias, desnudos ambos en la cama: ¿soy demasiado duro?, comencé por decirle, y ella susurró que no y me abrazó maternalmente, e insistir al rato, todo tembloroso: ¿no estoy siendo quizá algo tosco?, y ella: no, cariño, sigue, sigue, pero yo la tocaba con la delicadeza con que se cierran los ojos de un muerto, porque ¿cómo olvidar que eran huesos lo que deslizaba por sus muslos?, aún más: ¿cómo es que ella no lo sabía?, ¿acaso no se percataba de que las caricias que más le gustaban, aquellas en que mis dedos se cerraban sobre su carne, eran debidas a los huesos?: sin ellos, tanto daría que la magreara con un plumero: ¿cómo podría estrujar sus pechos sin los huesos?, ¿cómo apretaría sus nalgas sin los huesos?, ¿cómo la haría venirse, en fin, sin frotar un hueso contra su cosa, perdonando la vulgaridad?: sin los huesos, mis dedos valdrían tanto como mi pilila, perdonando la obscenidad, o sea, nada: ¿cómo es que ella no se horrorizaba de saber que nuestros retozos, que tanto le agradaban, eran puro intercambio de huesos muertos?, porque incluso sus propias manos, y mis brazos, y los suyos, Dios mío, ¿no eran largos y recios huesos articulados que se deslizaban por nuestros cuerpos, nos envolvían, apretaban nuestra carne, nos abrazaban?, ¿acaso era posible no sentir el grosero tacto de los húmeros, la chirriante estrechez del cúbito y el radio, los bolondros del codo y la muñeca?; sumido en esa obsesión me hallaba cuando dije, sin querer: ¿no estoy siendo muy afilado para ti?, y ella dijo: ¿qué?, y supe que la frase era absurda: «afilado»», ¿cómo podía alguien ser «afilado» para otro?, y casi al mismo tiempo me percaté de que era la pregunta correcta, la más cortés, la más cierta: porque con toda seguridad había huesos y huesos, unos afilados y otros romos, unos muy bastos y ásperos corno rocas lunares y otros pulidos quizá como jaspes: incluso era posible que el tacto del mismo hueso dependiera del ángulo en que se colocaba con respecto a la piel, porque un hueso es un poliedro, casi un diamante, y hay que imaginarse sobando a la querida con diez durísimos y helados cuarzos para comprender mi situación, pensar en la carilla adecuada que usaremos para deslizarlos por la piel, el borde más inofensivo, no sea que nuestros apretujones se conviertan en el corte del filo de un papel, en la erizante cosquilla de una navaja de barbero; y entre ésas y otras se nos pasó el tiempo y terminamos como siempre pero peor, resoplando ambos bocarriba como dos boyas en el mar, mirando al techo, con esa satisfacción pacífica que solo otorga la insatisfacción perenne: cuánto tiempo hace que tú y yo no disfrutamos, Galia, pienso entonces, que vamos llevando esto adelante por no aguardar la muerte con las manos vacías, tiempo repetido que nunca se recobra porque nunca se pierde, días monótonos, el trasiego de la rutina incluso en la excepción: porque, Galia, hemos hecho un matrimonio de nuestra hermosa amistad, eso es lo que pienso, pero hubiéramos podido ser felices si todo esto conservara algún sentido, si existiera alguna otra razón que no fuera la inercia para mantenerlo; oía su respiración jadeante de cincuenta años junto a mí y trataba de imaginarme que estaba pensando lo mismo: ese silencio, Galia, que nunca llenamos, la distancia de nuestra proximidad, por qué tener que imaginarlo todo sin las palabras, qué piensas de mí, qué piensas de ti misma, por qué hablar de lo intrascendente, y va y me indaga ella entonces: ¿qué tal el trabajo?, porque cree que el exceso de dedicación me está afectando, y yo le digo que bien, y ella, apoyada en uno de sus codos e inclinada sobre mí, los pechos como almohadas blandas, vuelve a la carga con Alejandra: pero te ocurre algo, Héctor, dice, desde que has entrado hoy por la puerta te noto cambiado, ¿no será que Alejandra sospecha algo y no me lo quieres decir?, y le he contestado otra vez que no, y a veces me interrogo: ¿por qué todo esto?, ¿por qué lo mismo de lo mismo, este vaivén inacabable?, ¿qué pasaría si un día hablara y confesara?, ¿qué pasaría si por fin me decidiera a hablar delante de Alejandra, pero también delante de Galia y de mí mismo?, decir: basta de secretos, de engaños, de misterios: ¿qué sentido le encontráis a todo?, ¿por qué oficiar siempre el mismo ritual de lo cotidiano?, y para cambiar de tema le comento que Ameli está atravesando ahora la crisis de la adolescencia y discute frecuentemente conmigo y que Héctor Luis ha decidido que no será dentista sino aviador; a Galia le gusta saber lo que ocurre con mis hijos, ese tema siempre la distrae, incluso me ofrece consejos sobre cómo educarlos mejor, y yo creo que goza más de su maternidad imaginaria que Alejandra de la real; en todo caso, es un buen tema para cambiar de tema, y pasamos un largo rato charlando sin interés y pienso que es curioso que venga a casa de Galia para hablar de lo que apenas importa, ya que eso es prácticamente lo único que hago con Alejandra; en los instantes de silencio previos a mi partida seguimos mirando el techo, o bien ella me acaricia, zalamera, incluso pesada, y me dice algo: esa tarde, por ejemplo: me gusta tu pecho velludo, así lo dice, «velludo», y no sé por qué pero de repente me parece repugnante recibir un piropo como ése, aunque no se lo comento, claro, y ella, insistente, juega con el vello de mi pecho y sonríe; Galia es una orquídea salvaje, pienso, y a saber por qué se me ocurre esa pijada de comparación, pero es tan cierta como que Dios está en los cielos aunque nunca le vemos: Galia es una orquídea salvaje en olor, tacto, sabor, vista y sonido, y me encuentro de repente pensando en ella como orquídea cuando la oigo decir: ¿por qué me preguntaste antes si eras «afilado»?, ¿eso fue lo que dijiste?, y me pilla en bragas, perdonando la expresión, porque al pronto no sé a lo que se refiere, y cuando caigo en la cuenta, y para no traicionarme, le respondo que quería saber si le estaba haciendo daño en el cuello con mis dientes, y ella va y se echa a reír y dice: ¡vampirillo, vampirillo!, y vuelve a acariciarme, y como un tema trae otro, lo de los dientes le recuerda que necesita hacerse otro empaste, porque hace dos días, comiendo empanada gallega, notó que se le desprendía un pedacito de la muela arreglada, así que pasará por mi consulta sin avisarme cualquier día de éstos, y de esa forma nos veremos antes del jueves, dice, y su sonrisa parece dar a entender que está recordando el día en que nos conocimos, porque las mujeres son aficionadas a los aniversarios, ella tendida en el sillón articulado, la boca abierta, y yo con mi bata blanca y los instrumentos plateados del oficio, y como para confirmar mis sospechas me acaricia de nuevo el pecho «velludo» y dice: me gustaste desde aquel primer día, Héctor, me hiciste daño pero me gustaste, y claro está que nos reímos brevemente y yo le digo que nunca he comprendido por qué se enamoró de mí en la consulta, qué clase de erotismo desprendería mi aspecto, bajito, calvo y bigotudo, amortajado en mi bata blanca, entre el olor a alcohol, benzol, formol y otros volátiles, provisto de garfios, tenacillas, tubos de goma, lancetas y ganchos, porque no es que mi oficio me disgustara, claro que no, pero no dejaba de reconocer que la consulta de un dentista de pago es cualquier cosa menos un balcón a la luz de la luna frente a un jardín repleto de tulipanes, eso le digo y ella se ríe, y por último el silencio regresa otra vez, inexorable, porque es un enemigo que gana siempre la última batalla; llega la hora de irme, esa tarde más temprano porque mi suegro viene a cenar a casa, y cuando voy a levantarme la oigo decir, como de forma casual: ¿qué haces frotándote los dedos sin parar, Héctor?, ¿te pican?, eso dice, y descubro que, en efecto, he estado todo el rato dale que dale moviendo los dedos de la mano derecha como si repitiera una y otra vez el gesto con el que indicamos «dinero» o nos desprendemos de alguna mucosidad, perdonando la vulgaridad, que es casi el mismo que el que utilizamos para indicar «dinero», y enrojezco como un niño de colegio de curas pillado en una mentira y quedo sin saber qué decirle, hasta que por fin me decido y opto por revelarle mi hallazgo: nada, digo, ¿es que nunca te has tocado el hueso que tenemos bajo los dedos?, y lo pregunto con un tono prefabricado de sorpresa, como si lo increíble no fuera que yo me los frotase sino que ella no lo hiciera: qué dices, me mira sin entender, y me encojo de hombros y le explico: es que resulta curioso, ¿no?, quiero decir que si te tocas los dedos notas durezas debajo, ¿verdad?, y esas durezas son el hueso, ¿no te parece curioso, Gali?, toca, toca mis dedos: ¿no lo palpas bajo la piel, la grasa y los tendones?, es un hueso cualquiera, como los que César puede roer todos los días, le digo, y ella retira la mano con asco: qué cosas tienes, Héctor, dice, es repugnante, dice, y yo le doy la razón: en efecto, es repugnante pero está ahí, son huesos, Gali, mondos y lirondos, blancos, fríos y duros huesos sin vida: sin vida no, dice ella, pero replico: sin vida, Gali, porque nadie puede vivir con los huesos fuera, los huesos son muerte, por eso nos morimos y sobresalen, emergen y persisten para siempre, pero se ocultan mientras estamos vivos, es curioso, ¿no?, quiero decir que es curioso que seamos incapaces de vivir sin los huesos de nuestra propia muerte, pero más aún: que los llevemos dentro como tumbas, que seamos ellos ocultos por la piel, que seamos el disfraz del esqueleto, ¿no, Gali?, y ella: ¿te pasa algo, Héctor?, y yo: no, ¿por qué?, y ella: es que hablas de algo tan extraño, y yo le digo que es posible y me callo y pienso que quién me manda contarle mi descubrimiento a Galia, sonrío para tranquilizarla y me levanto de la cama, no sin antes cubrirme convenientemente con la sábana, ya que siempre me ha parecido, a propósito del tema, que la desnudez tiene su hora y lugar, como la muerte, y recojo la ropa doblada sobre la silla, me visto en el cuarto de baño y para cuando salgo Galia me espera ya de pie, en bata estampada por cuya abertura despuntan orondos los pechos y destaca el abultado pubis, me da un besazo enorme y húmedo y me envuelve con su cariño y bondad maternales: te quiero, Héctor, dice, y yo a ti, respondo, y no te preocupes, dice, porque otro día nos saldrá mejor, y me recuerda aquel jueves de la primavera pasada, o quizá de la anterior, en que fuimos capaces de hacerlo dos veces seguidas y en que ella me bautizó con el apodo de «hombre lobo»: teniendo en cuenta que hoy he sido «vampirillo», más intelectual pero menos bestia, quién duda de que me convertiré cualquier futuro jueves en «momia» y terminará así este ciclo de avatares terroríficos que comenzó con un «frankenstein» entre luces blancas, olor a fármacos y cuchillas plateadas, pero esto lo digo en broma, porque bien sé que lo nuestro nunca terminará, ya que, a pesar de todo —incluso de mi escasa fogosidad—, es «una locura», o no, porque hay ritual: el rito de decirle adiós a César, ladrando en el patio encadenado a una tubería oxidada, el beso final de Galia, y otra vez en la calle, ya de noche, frotándome los dedos dentro de los bolsillos del abrigo mientras camino, porque vivo cerca de la casa de Galia y tengo mi trabajo cerca de donde vivo, así que me puedo permitir ir caminando de un sitio a otro, todo a mano en mi vida salvo los instantes de vacaciones en que nos vamos al apartamento de la costa, y, sin embargo, debido a la repetición de los veranos, también a mano el apartamento, y la costa, y todo el universo, pienso, tan próximo todo como mis propias manos, y, sin embargo, a veces tan sorprendentemente extraño como ellas: porque de improviso surge lo oculto, los huesos que yacen debajo, ¿no?, pienso eso y froto mis dedos dentro de los bolsillos del abrigo; y ya en casa, comprobar que mi suegro había llegado ya y excusarme frente a él y Alejandra con tonos de voz similares, aunque ambos creen que los jueves me quedo hasta tarde en la consulta «haciendo inventario», que es la excusa que doy, así me cuesta menos trabajo la mentira, ya que me parece que «hacer inventario» es suministrarle a Alejandra la pista de que mi demora es una invención, una alocada fantasía de mi adolescencia póstuma, hasta tal extremo de juego y cansancio me ha llevado el silencio de estos últimos años; además, sospecho que el viejo escoge los jueves para disponer de un rato a solas con Alejandra mientras yo estoy ausente, lo cual, hasta cierto punto, me parece una compensación, Alejandra tiene a su padre y yo tengo a Galia, y sospecho que desde hace meses ambas parejas pasamos el tiempo de manera similar: hablando de tonterías y fumando; el padre de Alejandra, rebasados los ochenta, tiene una cabeza tan perfecta y despejada que te hace desear verlo un poco confuso de vez en cuando, que Dios me perdone, porque además ha sido librero, propietario de una antigua tienda ya traspasada en la calle Tudescos, hombre instruido y amante de la letra impresa, particularmente de los periódicos, y con un genio detestable muy acorde con su inútil sabiduría y su fisonomía encorvada y su luenga barbilla lampiña; Alejandra, que ha heredado del viejo el gusto por la lectura fácil y la barbilla, además de cierta distracción del ojo izquierdo que apenas llega a ser bizquera, se enzarza con él en discusiones bienintencionadas en las que siempre terminan ambos de acuerdo y en contra de mí, aunque yo no haya intervenido siquiera, ya que al viejo nunca le gustó nuestro matrimonio, y no porque hubiera creído que yo era una mala oportunidad, sino por «principios», porque el viejo es de los que odian a priori, y yo nunca sería él, nunca compartiría todas sus opiniones, nunca aceptaría todos sus consejos y, particularmente, jamás permitiría que Alejandra regresara a su área de influencia (vacía ya, porque su otro hijo se emancipó hace tiempo y tiene librería propia en otra provincia); además, mi profesión era casi una ofensa al buen gusto de los «intelectuales discretos» a los que él representa, porque está claro que los dentistas solo sabemos provocar dolor, somos terriblemente groseros, apenas se puede hablar con nosotros a diferencia de lo que ocurre con el peluquero o el callista (debido a que no se puede hablar mientras alguien te hurga en las muelas), y, por último, ni siquiera poseemos la categoría social de los cirujanos: el hecho de que yo ganara más que suficiente como para mantener confortables a Alejandra y a mis dos hijos, poseer consulta privada, secretaria y servicio doméstico, no excusaba la vulgaridad de mi trabajo, pero lo cierto es que nunca me había confiado de manera directa ninguna de estas razones: frente a mí siempre pasaba en silencio y con fingido respeto, como frente a la estatua del dictador, pero se agazapaba aguardando el momento de mi error, el instante apropiado para señalar algo en lo que me equivoqué por no hacerle caso, aunque, por supuesto, nunca de manera obvia ni durante el período inmediatamente posterior a mi pequeño fracaso, porque no era tanto un cazador legal como furtivo y rondaba en secreto a mi alrededor esperando el instante apropiado para que su odio, dirigido hacia mí con fina puntería, apenas sonara, y entonces hablaba con una sutileza que él mismo detestaba que empleasen con él, ya que había que ser «franco, directo, como los hombres de antes», pero yo, lejos de aborrecerle, le compadecía (y fingía aborrecerle precisamente porque le compadecía): me preguntaba por qué tanto silencio, por qué llevarse todas sus maldiciones a la tumba, cuál es la ventaja de aguantar, de reprimir la emoción día tras día o enfocarla hacia el sitio incorrecto; pero lo más insoportable del viejo era su fingida indiferencia, esa charla intrascendente durante las cenas, ese acuerdo tácito para no molestar ni ser molestado, tan bien vestido siempre con su chaqueta oscura y su corbata negra de nudo muy fino: un día te morirás trabajando, me dice cuando me excuso por la tardanza, y no te habrá servido de nada: este gobierno nunca nos devuelve el tiempo perdido ese del señor Joyce, añade (su costumbre de citar autores que nunca ha leído solo es superada por la de citarlos mal), que diga, Proust, se corrige, a mí siempre los escritores franceses me han dado por atrás, con perdón, dice, y por eso me equivoco, y Alejandra se lo reprocha: papá, dice; mientras finjo que escucho al viejo, contemplo a Alejandra ir y venir instruyendo a la criada para la cena y llego a la conclusión de que mi mujer es como la casa en la que vivimos: demasiado grande, pero a la vez muy estrecha, adornada inútilmente para ocultar los años que tiene y llena de recuerdos que te impiden abandonarla; Alejandra tiene amigas que la visitan y le dan la enhorabuena cuando Ameli o Héctor Luis consiguen un sobresaliente; a diferencia de Galia, Alejandra es fría, distinguida e intelectual a su modo, y vive como tantas otras personas: pensando que no está bien vivir como a uno realmente le gustaría, porque Alejandra cree que el matrimonio termina unos meses después de la boda y ya solo persiste el temor a separarse; su religión es semejante: hace tiempo que dejó de creer en la felicidad eterna y ahora tan solo teme la tristeza inmediata; sin embargo, invita a almorzar con frecuencia al párroco de la iglesia y acude a ésta con una elegancia no llamativa, lo que considera una característica importante de su cultura, pues en la iglesia se arrodilla, reza y se confiesa y murmura por lo bajo cosas que parecen palabras importantes; a veces he pensado en la siguiente blasfemia: si a Dios le diera por no existir, ¡cuántos secretos desperdiciados que pudimos habernos dicho!, ¡qué opiniones sobre ambos hemos entregado a otros hombres!, pero lo terrible es que tanto da que Dios exista: dudo que al final me entere de todo lo que comentas sobre mí y sobre nuestro matrimonio en la iglesia, Alejandra, eso pienso; qué va: por paradójico que resulte, la iglesia es el lugar donde la gente como nosotros habla más y mejor, pero todo se disuelve en murmullos y silencio y oraciones, y la verdad se pierde irremediablemente: quizá la clave resida en arrodillarnos frente al otro siempre que tengamos necesidad de hablar, o en hacerlo en voz baja y muy rápido, sin pensar, cómo si rezáramos un rosario; y meditando esto oigo que el viejo me dice: ¿te pasa algo en los dedos, Héctor?, con esa malicia oculta de atraparme en otro error: y es que ahora compruebo que desde que he llegado no he dejado en ningún momento de palparme los extremos de las falanges, los rebordes óseos, el final de los metacarpos; ¿qué opinaría el viejo si le confiara mi hallazgo?, pienso y sonrío al imaginar las posibles reacciones: nada, le digo, y muevo los huesos ante sus ojos y cambio de tema; ni Ameli ni Héctor Luis están en casa cuando llego, e imagino que es la forma filial que poseen de «hacer inventario» por su cuenta, lo cual no me parece ni malo ni bueno en sí mismo, y nos sentamos a la mesa casi enseguida y Alejandra sirve de la fuente de plata con el cucharón de plata las albóndigas de los jueves, y nos ponemos a escuchar la conversación del viejo con el debido respeto, como quien oye una interminable bendición de los alimentos, interrumpido a ratos por las breves acotaciones de Alejandra, solo que esa noche el tema elegido se me hace extraño, alegórico casi, y además empiezo a sentirme incómodo nada más comenzar a comer, porque los brazos, que apoyo en el borde de la mesa, me han desvelado con todo su peso la presencia de los huesos, del cúbito y el radio que guardan dentro, y los codos se me figuran una zona tan inadecuada y brutal para esa respetuosa reunión como colocar quijadas de asno sobre la mesa mientras el viejo habla, y en su discurso de esa noche repite una y otra vez la palabra «corrupción»: ¿habéis visto qué corrupción?, dice, ¿os dais cuenta de la corrupción de este gobierno?, ¿acaso no se pone de manifiesto la corrupción del sistema?, ¿no son unos corruptos todos los políticos?, ¿no oléis a corrupción por todas partes?, ¿no se ha descubierto por fin toda la corrupción?, y mientras le escucho, intento no hacer ruido con mis brazos, porque de repente me parece que la madera de la mesa al chocar contra el hueso produce un sonido como el de un muerto arañando el ataúd y no me parece correcto escuchar la opinión del viejo con tal ruido de fondo, pero como tengo que comer, cojo tenedor y cuchillo y divido una albóndiga en dos partes y me llevo una a los labios intentando no mirar hacia los huesos que sostienen el tenedor, porque no es agradable la paradoja de verme alimentado por un esqueleto, aunque sea el mío, pero mientras mastico con los ojos cerrados oyendo al viejo hablar de la «corrupción» mi lengua detecta una esquirla, un pedacito de algo dentro de la albóndiga, y, tras quejarme a Alejandra con suavidad, recibo esta respuesta: será un huesecillo de algo, es que son de pollo, Héctor, y es quitarme con mis huesos índice y pulgar el huesecillo y dejarlo sobre el plato, e írseme la mente tras esta idea inevitable: que dentro de todo lo blando necesariamente existe lo que queda, el hueso, el armazón, la dureza, el hallazgo, aquello oculto que es blanco y eterno, lo que permanece en el cedazo, la piedra, lo que «nadie quiere»; es imposible huir de «eso que queda», porque está dentro, así que escondo los brazos bajo la mesa, incluso me tienta la idea de comer como César, acercando el hocico al plato, pero ¿acaso no es inútil todo intento de disimulo frente al apocalíptico trajín de la cena?, porque lo que percibo en ese instante es algo muy parecido a una hogareña resurrección de los muertos: incluso con el apropiado evangelista —mi suegro—, gritando «corrupción»: Alejandra coge el pan con sus huesos y lo hace crujir y lo parte, el viejo apoya los huesos en el mantel y los hace sonar con ritmo, Alejandra coge el cucharón con sus huesos y sirve más albóndigas repletas de huesecillos de pollo muerto, el viejo va y se limpia los huesos sucios de carne ajena con la servilleta, Alejandra señala con su hueso la cesta del pan y yo se la alcanzo extendiendo mis huesos y ella la coge con los suyos, hay un cruce de húmeros, cúbitos y radios, de carpos y metacarpianos, de falanges, y nos pasamos de unos a otros, de hueso a hueso, la vinagrera, el aceite, la sal, el vino y la gaseosa, y llegan Ameli y Héctor Luis, una del cine y el otro de estudiar, y saludan, y Ameli desliza sus frágiles huesos de quince años por mi cabeza calva, envuelve con sus breves húmeros mi cuello, me besa en la mejilla: ¿dónde has estado hasta estas horas?, le pregunto, y ella: en el cine, ya te lo he dicho, y yo: pero ¿tan tarde?; sí, dice, habla sin mirar sus manos gélidas, los huesos de sus manos muertas, sus brazos como pinzas blancas; sí, papá, la película terminó muy tarde; y de repente, mientras la contemplo sentándose a la mesa, su cabello oscuro y lacio, los ojos muy grandes, el jersey azul celeste tenso por la presencia de los huesos, he sentido miedo por ella, he querido cogerla, atraparla y bogar juntos por ese fluir desconocido e incesante hacia la oscuridad final: creo que deberías volver más temprano a casa a partir de ahora, Ameli, le digo, y ella: ¿por qué?, con sus ojos brillando de disgusto, y yo, mis brazos escondidos, ocultos, sin revelarlos: creo que las calles no son seguras, y el viejo me interrumpe: hoy ya nada es seguro, Héctor, dice y sigue comiendo, Alejandra sirve albóndigas y Héctor Luis se queja de que son muchas, y Ameli: ¡pero ya tengo quince años, papá!, y yo: es igual, y entonces Alejandra: no seas muy duro con la niña, Héctor, dice, le dimos permiso para que volviera hoy a esta hora, pero ella sabe que solamente hoy; guardo silencio: en realidad, todo se sumerge en el silencio salvo el entrechocar de los huesos; Ameli y Héctor Luis son tan distintos, pienso, pero en algo se parecen, y es que ambos se nos van; no los he visto crecer, los he visto irse: pero ni siquiera eso, pienso ahora, porque jamás he podido saber si alguna vez estuvieron por completo; Ameli tiene novio, pero es un secreto; sabemos que Héctor Luis ha salido con varias chicas, pero lo que piensa de ellas es secreto; ambos se han hecho planes para el futuro, tienen deseos, ganas de hacer cosas, pero todo es secreto: quizá lo comentan en los «pubs» a falta de una buena iglesia en la que poder hablar como nosotros, tan a gusto, pero en casa adoptan los dos mandamientos trascendentales de la familia: nunca hablarás de nada importante y ama el enigma como a ti mismo, ¡y si hubiera solo silencio!, pero es la charla insignificante lo que molesta, y ahora esos ruidos detrás: el golpe, el crujir de nuestros huesos; siento algo muy parecido a la pena, pero una pena casi biológica, como una mota en el ojo o el aroma inevitable de la cebolla cruda, y me disculpo para ir al baño y llorar a gusto por algo que no entiendo, y más tarde, en la cama, con Alejandra a mi lado leyendo complacida un librito de romances, me da por preguntarle: ¿soy demasiado duro contigo? mientras me observo los huesos tranquilos sobre la colcha: mis manos muertas y peladas, los cúbitos y radios en aspa, los húmeros convergiendo, y ella deja un instante el libro que sostiene con sus huesos, me mira sorprendida y dice: no, Héctor, no, ¿por qué preguntas eso?, y yo, insistente: ¿he sido duro contigo alguna vez?, y ella: nunca, y yo: ¿quizá soy demasiado tosco?, y ella: Héctor, ¿qué te pasa?, y yo: demasiado rudo quizá, ¿no?, y ella: no seas bobo, ¿lo dices porque hoy no hablaste apenas durante la cena?, ya sé que papá no te cae bien, me da un beso y añade: procura descansar, el trabajo te agota, y la veo extender las falanges blancas y articuladas de sus dedos, apagar la lamparilla de pantalla rosa y sumir la habitación en una oscuridad donde la luz de la luna, filtrada, hace brillar las superficies ásperas de nuestros huesos; después, en el sueño, he presenciado un teatro de sombras donde mis manos y brazos se movían, desplazándome, porque eran lo único, ya que la vida se había invertido como un negativo de foto y ahora solo importaba lo oculto, el secreto descubierto: los huesos de mis manos se extendían con un sonido semejante a los resortes de madera de ciertos juguetes antiguos, emergiendo del telón negro que los rodeaba: son ellos solos, el mundo es ellos, brazos y manos colgantes que hacen y deshacen, crean y destruyen, no nacen ni mueren, simplemente cambian su posición, horizontal, vertical, en ángulo, hacia arriba o hacia abajo, brazos que se balancean al caminar y manos que agarran con sus huesos cosas invisibles; y a la mañana siguiente, tras toda una noche de sueños interrumpidos y vueltas en la cama, creo comprenderlo: mi revelación es una lepra que avanza incesante, porque suena el despertador con su timbre gangoso que tanto me recuerda a una trompeta de cobre, pongo los pies descalzos en las zapatillas y lo noto: la dureza bajo las plantas, la pelusa del forro de las zapatillas adherida a los huesos del tarso, el rompecabezas de huesos irregulares de mis pies, los extremos de la tibia y el peroné sobresaliendo por el borde del pijama, las rótulas marcando un óvalo bajo la tela extendida, y al erguirme, el crujido de los fémures: el descubrimiento no me hace ni más ni menos feliz que antes, ya que lo intuyo como una consecuencia, pero un estupor inmóvil de estatua persiste en mi interior; y al ducharme viene lo peor, porque entonces compruebo que los golpes de las gotas no me lavan sino que se limitan a disgregarme la suciedad por mis huesos: arrastran el barro de mis costillas goteantes, concentran la cal en mis pies, desprenden la tierra, permean las junturas, las grietas, los desperfectos, rajan los pequeños metacarpos como cáscaras de huevo, horadan mis clavículas y escápulas, pero no hoy ni ayer sino todos y cada uno de los días en un inexorable desgaste, siento que me disuelvo en agua y salgo con prisa no disimulada de la bañera y seco mi esqueleto goteante, deslizo la toalla por el cilindro de los huesos largos como si envolviera unos juncos, la arranco con torpeza de la trabazón de las vértebras, froto como cristales de ventana los huesos planos, pienso que debo conservarme seco para siempre porque de repente sé que soy un armazón de cincuenta años de edad que solo puede humedecerse con aceite, y es en ese instante, o quizá un poco después, cuando apoyo la maquinilla de afeitar contra mi rostro, que siento la invasión final de esa lepra y quedo tan inerme que apenas puedo apartar las cuchillas giratorias de mi mejilla: algo parecido a una horrísona dentera me paraliza, porque de repente noto como el restregar de un rastrillo contra una pizarra o el arañar baldosas con las patas metálicas de una silla, incluso imagino que pueden saltar chispas entre la maquinilla y el hueso de la mandíbula o el pómulo; me palpo con la otra mano la cabeza, siento las durezas del cráneo, el arco de las órbitas, el puente del maxilar, el ángulo de la quijada, y pienso: ¿por qué finjo que me afeito?, ¿acaso mi rostro no es un añadido, una capa, una máscara?; entra Alejandra en ese instante y casi me parece que gritará al ver a un desconocido, pero apenas me mira y se dirige al lavabo; yo me aparto, desenchufo la maquinilla y la guardo en su funda, y ella: ¿ya te has afeitado, Héctor?, y yo: sí, y salgo del baño con rapidez: ¡no podría acercar esa maquinilla a los huesos de mi calavera!; todo es tan obvio que lo inconcebible parece la ignorancia, pienso mientras me visto frente al espejo del dormitorio y abrocho la camisa blanca alrededor de las delgadas vértebras cervicales: llevar un cráneo dentro, una calavera sobre los hombros, besar con una calavera, pensar con una calavera, sonreír con una calavera, mirar a través de una calavera como a través de los ojos de buey de un barco fantasma, hablar por entre los dientes de una calavera: aquí está, tan simple que movería a risa si no fuera espantoso, y me afano en terminar el lazo de mi corbata con los huesos de mis dedos sonando como agujas de tricotar; Alejandra llega detrás, peinándose la melena amplia y negra que luce sobre su propia calavera, y el paso del cepillo descubre espacios blancos en el cuero cabelludo donde los pelos se entierran: parece inaudito saberlo ahora, contemplarlo ahora; entre los dientes sostiene dos ganchillos: el asco llega a tal extremo que tengo que apartar la vista: allí emerge el hueso, pienso, el subterfugio, el disfraz, tiene un defecto, como una carrera en la media que descubre el rectángulo de muslo blanco; allí, tras los labios, los dientes, los únicos huesos que asoman, y vivimos sonriendo y mostrándolos, y nos agrada enseñarlos y cuidarlos y mi profesión consiste precisamente en mantenerlos en buen estado, blancos y brillantes, limpios, pelados, lisos, desprovistos de carne, como tras el paso de aves carroñeras: esa hilera de pequeñas muertes, esa dureza tras lo blando; ¿acaso no es enorme el descuido?; de repente tengo deseos de decirle: Alejandra, estás enseñando tus huesos, oculta tus huesos, Alejandra, una mujer tan respetable como tú, una señora de rubor fácil, tan educada y limpia, con tu colección de novela rosa y tu familia y tu religión, ¿qué haces con los huesos al aire?, ¿no estás viendo que incluso muerdes cosas con tus huesos?, ¡Alejandra, por favor, que son tus huesos hundidos en el cráneo oculto, los huesos que quedarán cuando te pudras, mujer: no los enseñes!; esto va más allá de lo inmoral, pienso: es una especie de exhumación prematura, cada sonrisa es la profanación de una tumba, porque desenterramos nuestros huesos incluso antes de morir; deberíamos ir con los labios cerrados y una cruz encima de la boca, hablar como viejos desdentados, educar a los niños para que no mostraran los dientes al comer: un error, un gravísimo error en la estructura social comparable a caminar con las clavículas despellejadas, tener los omoplatos desnudos, descubrir el extremo basto del húmero al flexionar el codo, mostrar las suturas del cráneo al saludar cortésmente a una señora, enseñar las rótulas al arrodillarnos en la misa o las palas del coxal durante un baile o la superficie cortante del sacro durante el acto sexual: y sin embargo, ella y yo, con nuestros horribles dientes, la prueba visible de la existencia de los cráneos: absurdo, murmuro, y ella: ¿decías algo?, pero hablando entre dientes debido a los ganchillos, como si lo hiciera a través de apretadas filas de lápidas blancas, un soplo de aire muerto por entre las piedras de un cementerio, o peor: la voz a través de la tumba, las palabras pronunciadas en la fosa: no, nada, respondo, y ella, intrigada, se me acerca y arrastra sus falanges por mis vértebras: te noto distante desde ayer, Héctor, ¿te ocurre algo?, ¿es el trabajo?, y juro que estuve a punto de decirle: te la pego con una antigua paciente desde hace varios años, todos los jueves a la misma hora, pero no te preocupes porque una increíble revelación me ha hecho dejarlo, ya nunca más regresaré con Galia, no merece la pena (y por qué no decirlo, pienso, por qué reprimir el deseo y no decir la verdad, por qué no descargar la conciencia y vaciarme del todo); sin embargo, en vez de esa explicación catártica, le dije que sí, que era el exceso de trabajo, y me mostré torpe, callándome la inmensa sabiduría que poseía mientras notaba cómo descendían sus falanges por el edificio engarzado de mi columna, y ella dijo: pero hace mucho tiempo que no me sonríes, y pensé: ¡te equivocas!, somos una sonrisa eterna, ¿no lo ves?: nuestros dientes alcanzan hasta los extremos de la mandíbula y no podemos dejar de sonreír: sonreímos cuando gritamos, cuando lloramos, al pelear, al matar, al morir, al soñar: sonreímos siempre, Alejandra, quise decirle, y la sonrisa es muerte, ¿no lo ves?, quise decirle, nuestras calaveras sonríen siempre, así que la mayor sinceridad consiste en apartar los labios, elevar las comisuras y sonreír con la piel intentando imitar lo mejor posible nuestra sonrisa interior en un gesto que indica que estamos conformes, que aceptamos nuestro final: porque al sonreír descubrimos nuestros dientes, «enseñamos la calavera un poco más», no hay otro gesto humano que nos desvele tanto; la sonrisa, quise decirle, traiciona nuestra muerte, la delata; cada sonrisa es una profecía que se cumple siempre, Alejandra, así que vamos a sonreír, separemos los labios, mostremos los dientes, sonriamos para revelar las calaveras en nuestras caras, hagamos salir el armazón frío y secreto, draguemos el rostro con nuestra sonrisa y extraigamos el cráneo de la profundidad de nuestros hijos, de ti y de mí, del abuelo, de los amigos, de los parientes y del cura; pero no le dije nada de eso y me disculpé con frases inacabadas y ella enfrentó mis ojos y me abrazó y sentí los crujidos, la fricción, costilla contra costilla, golpes de cráneos, y supuse que ella también los había sentido: no seamos tan duros, le dije, y ella respondió, abrazándome aún: no, tú no eres duro, Héctor, y yo le dije: ambos somos duros, y tenía razón, porque se notaba en los ruidos del abrazo, en el telón de fondo de nuestro amor: un sonido semejante al que se produciría al echarnos la suerte con los palillos del I Ching sobre una mesa de mármol, o jugando al ajedrez con fichas de marfil, un trajín de palitos recios como un pimpón de piedra, el entrechocar aparentemente dulce de nuestros esqueletos como agitar perchas vacías; me aparté de ella y terminé de vestirme: quizá soy dura contigo, repitió ella, yo también soy duro, dije, y pensé: y Ameli y Héctor Luis, y todos entre sí y cada uno consigo mismo, ¡qué duros y afilados y cortantes y fríos y blancos y sonoros!; ¿te vas ya?, me dijo, sí, le dije, porque no deseaba desayunar en casa, en realidad no deseaba desayunar nunca más, pero sobre todo, sobre todas las cosas, no deseaba cruzarme con los esqueletos de mis hijos recién levantados, así que casi eché a correr, abrí la puerta y salí a la calle con el abrigo bajo el brazo, a la madrugada fría y oscura; ya he dicho que tengo la consulta cerca, lo cual siempre ha sido una ventaja, aunque no lo era esa mañana: quería trasladarme a ella solo con mi voluntad, sin perder siquiera el tiempo que tardara en desearlo; caminaba observando con mis cuencas vacías las casas que se abren, las figuras blancas que emergen de ellas como fantasmas en medio de la oscuridad, las primeras tiendas de alimentos llenas de huesos y cadáveres limpios de seres y cosas; caminaba y observaba con mis órbitas negras, lleno de un extraño y perseverante horror: ¿qué hacer después de la revelación?, ¿dónde, en qué lugar encontraría el reposo necesario?; porque ahora necesitaba envolverme, ahora, más que nunca, era preciso hallar la suavidad; mientras caminaba hacia la consulta lo pensaba: todos tenemos ansias de suavidad: guantes de borrego, abrigos de lana, bufandas, zapatos cómodos; sin embargo, el mundo son aristas, y todo suena a nuestro alrededor con crujidos de metal; qué pocas cosas delicadas, cuánta aspereza, cuánta jaula de púas, qué amenaza constante de quebrarnos como juncos, de partirnos, qué mundo de esqueletos por dentro y por fuera, móviles o quietos, invasión blanca o negra de huesos pelados, qué cementerio: toda obra es una ruina, toda cosa recién creada tiene aires de destrucción, y nosotros avanzamos por entre cruces, mármol, inscripciones, rejas y ángeles de piedra como espectros, y la niebla de la madrugada nos traspasa, huesos que van y vienen, esqueletos que se acercan y caminan junto a mí y me adelantan, apresurados, aquel que limpia los huesos en ese tramo de la calle, ese otro que espera en la parada, envuelto en su impermeable, huesos blancos por encima de los cuellos, la muerte dentro como una enfermedad que aparece desde que somos concebidos, ¿no hay solución?; y sorprender entonces a un hombre, una figura, no como yo, no como los demás, que se detiene frente a mí y me habla: ¿tiene fuego?, dice, un individuo desaliñado de espesa melena y barba, rostro pequeño, casi escondido, chaqueta sucia y manos sucias que se tambalea de un lado a otro como si el mero hecho de estar de pie fuera un tremendo esfuerzo para él; le ofrezco fuego y se cubre con las manos para encender un cigarrillo medio consumido, entonces dice: gracias, y se aleja; me detengo para observarle: camina con cierta vacilación hasta llegar a la esquina, después se vuelve de cara a la pared, una figura sin rasgos, y distingo la creciente humedad oscura a sus pies, detenerme un instante para contemplarle, volverse él y alejarse con un encogimiento de hombros y una frase brutal; un borracho orinando, pienso, pero al mismo tiempo deduzco: se ha reconstruido, ha verificado su interior, ha exhumado cosas que le pertenecen y le llenan por dentro: líquidos que alguna vez formaron parte de él; eso es un proceso de autoafirmación, pienso: él es algo que yo no soy o que he dejado de ser, ha logrado obtener lo que yo pierdo poco a poco: integridad, quizá porque no tiene que callar, porque es libre para decir lo que le gusta y lo que no, pienso y golpeo con los huesos del pie el cadáver de una vieja lata en la acera, o porque ha aceptado la vida tal cual es, o quizá porque tiene hambre y sed, y necesidad de fumar, dormir y orinar en una esquina, quizá porque siente necesidades en su interior, dentro de esa intimidad de las costillas que en mí mismo forma un espacio negro: sus necesidades le llenan, y yo, satisfecho, camino vacío: eso pensé; era preciso, pues, reformarse, volver a la vida a partir de los huesos, resucitar, aunque es cierto que en algún sitio dentro de mí existían vestigios, cosas que se movían bajo las costillas o en el espacio entre éstas y el hueso púbico, pero era necesario comprobarlo; todo aturdido por el ansia, entré en uno de los bares que estaban abiertos a esas horas y me dirigí apresurado al cuarto de baño, respondiendo con un gesto al hombre que atendía la barra y que me dijo buenos días; ya en el urinario, muy nervioso, busqué mi pija semihundida, perdonando la frase, la extraje y me esforcé un instante: tras un cierto lapso, comprobé la aparición brusca del fino chorro amarillo y sentí una distensión lenta en mi pubis que califiqué como el hallazgo de la vejiga: al fin me sirves de algo, pensé mientras me sacudía la pilila, perdonando la bajeza; así, convertido en pura vejiga, salí a la calle de nuevo y respiré hondo: noté bolsas gemelas a ambos lados del esternón, sacos que se ampliaban con el aire frío de la mañana, y descubrí mis pulmones; en un estado de alborozo difícilmente descriptible me tomé el pulso y sentí, con la alegría de tocar el pecho de un pájaro recién nacido, el golpeteo suave de la arteria contra mi dedo, su pequeño pero nítido calor de hogar, y supe que guardaba sangre y que mi corazón había emergido; caminando hacia la consulta completé mi resurrección, la encarnación lenta de mi esqueleto; así pues, yo era pulmones y vejiga, yo era intestino, tripas, estómago, yo era músculos del pene, tendones, sangre, hígado, vesícula, bazo y páncreas, yo era glándulas y linfa, todo suave, todo lleno, ocupando intersticios como si vertieran sobre mí unas sobras de hombre: yo era, por fin, globos oculares líquidos, yo era lengua y labios, yo era el abrir lento de los párpados, la creación del paladar, la suave nariz horadada, la humedad limpia de la saliva, la lágrima tibia y el sudor de los poros; yo era sobre todo mi propio cerebro, las revueltas grises de los nervios, la masa de ideas invisibles, la voluntad, el deseo, el pensamiento; llegué a la consulta recién creado, aún sin piel pero ya formado y funcionando, atravesé el oscuro umbral con la placa dorada donde se leía «Héctor Galbo, odontólogo», preferí las escaleras y abrí la puerta con la delicadeza muscular de un relojero, con la exactitud de un ladrón o un pianista; Laura, mi secretaria, ya estaba esperándome, y el vestíbulo aparecía iluminado así como la marina enmarcada en la pared opuesta, y me dejé invadir por el olor a cedro de los muebles, la suavidad de la moqueta bajo los pies, y cuando mis globos oculares se movieron hacia Laura pude parpadear evidenciando mi perfección; entonces, la prueba de fuego: me incliné para saludarla con un beso y percibí la suavidad de mi mejilla, los delicados embriones de mis labios, y supe que por fin la piel había aparecido: cabello, pestañas, cejas, uñas, el florecer de mi bigote negro; besarla fue como besarme a mí mismo: buenos días, doctor Galbo, me dijo, noté las cosquillas de mi camisa sobre mi pecho velludo, muy velludo, buenos días, dije, buenos días, Laura, y percibí mi laringe en el foso oculto entre la cabeza y el pecho, sentí el aire atravesando sus infinitos tubos de órgano: buenos días, repetí despacio saludando a todo mi cuerpo reflejado en el espejo del vestíbulo, mi cuerpo con piel y sentimientos, mi cuerpo vestido, bajito, mi cabeza calva y mi rostro bigotudo: buenos días, doctor Galbo, hoy viene usted contento, dice Laura, sí, le dije, vengo aliviado, quise añadir, he orinado en un bar y he descubierto por fin que tengo vejiga, y a partir de ahí todo lo demás, pero en vez de decirle esto pregunté: ¿hay pacientes ya?, y ella: todavía no, y yo: ¿cuántos tengo citados?, y ella: cinco para la mañana, la primera es Francisca, ah sí, Francisca, dije, sí: sus prótesis darán un poco la lata, y me deleito: oh mi memoria perfecta, mis sentidos vivos, mis movimientos coordinados, sí, sí, Francisca, muy bien, y mi imaginación: porque de repente me vi avanzando hacia mi despacho con los músculos poderosos de un tigre, todo mi cuerpo a franjas negras, mis fauces abiertas, los bigotes vibrantes, los ojos de esmeralda, y mi sexo, por fin, mi sexo: porque Laura, con la mitad de años que yo, me parecía una presa fácil para mis instintos, una captura que podía intentarse, la gacela desnuda en la sabana; ya era yo del todo, incluso con mis pensamientos malignos, incluso con mi crueldad, por fin: avíseme cuando llegue, le dije, y entré en mi despacho, me quité el abrigo y la chaqueta, me vestí con la bata blanca, inmaculada, mi bata y mi reloj a prueba de agua y de golpes, y mi anillo de matrimonio, y los periódicos que Laura me compra y deposita en la mesa, y mi ordenador y mis libros, y mis cuadros anatómicos: secciones de la boca, dientes abiertos, mitades de cabezas, nervios, lenguas, ojos, mejor será no mirarlos, pienso, porque son hombres incompletos, yo ya estoy hecho, pienso, envuelto al fin de nuevo en mi funda limpia, recién estrenado; por fin pensar: saber que he regresado al origen, me he recobrado, he impedido mi disolución guardándome en un cuerpo recién hecho; no recuerdo cuánto tiempo estuve sentado frente al escritorio saboreando mi triunfo, pero sé que la segunda y más terrible revelación llegó después, con el primer paciente, y que a partir de entonces ya no he podido ser el mismo, peor aún, porque me he preguntado después si he sido yo mismo alguna vez, si mi integridad fue algo más que una simple ilusión: y fue cuando sonó el timbre de la puerta, el siguiente timbre, el nuevo timbre que me despertó de la última ensoñación (como el de casa de Galia, o el del despertador con sonido de trompeta de cobre, ahora el de la consulta, pensé, y no pude encontrarles relación alguna entre sí, salvo que parecían avisos repentinos, llamadas, notas eléctricas que presagiaban algo), y Laura anunció a la señora Francisca, una mujer mayor y adinerada, como Galia, como Alejandra, con las piernas flebíticas y el rostro rojizo bajo un peinado constante, que entró con lentitud en la consulta hablando de algo que no recuerdo porque me encontraba aún absorto en el éxito de mi creación: fue verla entrar y pensar que iría a casa de Galia cuando la consulta terminara y le diría que todo seguía igual, que era posible continuar, que nada nos estorbaba, y después llegaría a mi casa y le diría a Alejandra que la quería, que nunca más sería duro con ella ni con Ameli, eso me propuse, y saludé a la señora Francisca con una sonrisa amable, y la hice sentarse en el sillón articulado, la eché hacia atrás con los pedales, la enfrenté al brillo de los focos y le pedí que abriera la boca, porque eso es lo primero que le pido a mis pacientes incluso antes de oír sus quejas por completo: como estoy acostumbrado a que esta instrucción se realice a medias, me incliné sobre ella y abrí mi propia boca para demostrarle cómo la quería: así, abra bien la boca, le dije, ah, ah, ah, y es curioso lo cerca que siempre estamos de la inocencia momentos antes de que un nuevo horror nos alcance: incluso éste aparece al principio con disimulo, revelándose en un detalle, en un suceso que, de otra manera, apenas merecería recordarse, porque mientras Francisca, obediente, abría más la boca, descubrí el último de los horrores, la luz del rayo que nunca debería contemplar un ser humano, la degradación final, tan rápida, pavorosa e inevitable como cuando presioné el timbre de Galia, pero mucho peor porque no era lo oculto, lo que era, sino lo que no era, aquello que falta, no lo que se esconde sino lo que no existe: la nueva revelación me violó, perdonando la brutalidad, de tal manera que todos mis logros anteriores adoptaron de inmediato la apariencia de un sueño que no se recuerda sino a fragmentos, e incapaz de reaccionar, permanecí inmóvil, inclinado sobre la mujer, ambos con la boca abierta, ella con los ojos cerrados esperando sin duda la llegada de mis instrumentos; pero como no llegaban los abrió, me vio y advirtió en mi rostro el horror más puro que cabe imaginarse: qué pasa, doctor, me dijo, qué tengo, qué tengo, pero yo me sentía incapaz de responderle, incapaz incluso de continuar allí, fingiendo, así que retrocedí, me quité la bata con delirante torpeza, la arrojé al suelo, me puse la chaqueta y salí de la habitación, corrí hacia el vestíbulo sin hacer caso a las voces de la paciente y a las preguntas de Laura, abrí la puerta, bajé las escaleras frenéticamente y salí a la calle: no sabía adónde dirigirme, ni siquiera si tenía sentido dirigirme a algún sitio; contemplé a los transeúntes con muchísima más incredulidad de la que ellos mostraron al contemplarme a mí: ¿era posible que todos ignoraran?, ¿hasta ese punto nos ha embotado la existencia?; hubo un momento terrible en el que no supe cuál debería ser mi labor: si caer en soledad por el abismo o arrastrar como un profeta a las conciencias ciegas que me rodeaban; es cierto que toda gran verdad precisa ser expresada, pero la locura de mi actual situación consistía en que esta verdad última era inexpresable: quiero decir que esta verdad final no era algo, más bien era nada, así que no podía soñar con explicarla: quizá el silencio en el gélido vacío entre las estrellas hubiera sido una explicación adecuada, pero no un silencio progresivo sino repentino y abrupto: una brecha de espacio muerto, una bomba inversa que absorbiera las cosas hacia dentro, que nos introdujera a todos en un mundo sin lugares ni tiempo donde la nada cobrara alguna especial y terrible significación, quizá entonces, pensé, y corrí por la acera intuyendo que cada minuto desperdiciado era fatal: ¿le ocurre algo?, fue la pregunta que me hizo un individuo que aguardaba frente a un paso de peatones cuando me acerqué, y solo entonces fui consciente de que tenía ambas manos sobre la boca, como si tratara de contener un inmenso vómito; mi respuesta fue ininteligible, porque sacudí la cabeza diciendo que no, pero esperando que él entendiera que eso era lo que me pasaba: que no; si hubiera podido hablar, habría respondido: nada, y precisamente ahí radicaba lo que me ocurría: me ocurría nada, pero era imposible hacerle comprender que nada era infinitamente peor que todos los algos que nos ocurren diariamente; no pude hacer otra cosa sino alejarme de él con las manos aún sobre la boca, corriendo sin saber por dónde iba pero con la secreta esperanza de no ir a ninguna parte, de no llegar, de seguir corriendo para siempre, porque no podía presentarme en casa de aquel modo, no con aquel fallo, sería preciso hacer cualquier cosa para remediar esa escisión, quizá comenzar desde el principio, reunir de nuevo el hilo en el ovillo, a la inversa: pensar en el instante anterior a la revelación, notar la presencia para comprender ahora la falta; pero cómo describirlo: cómo decir que había conocido de repente la boca cuando la paciente abrió la suya y yo quise indicarle cómo tenía que hacerlo y abrí la mía; fue entonces: el tiempo se congeló a mi alrededor y quedé solo en medio de mi hallazgo, como un náufrago, paralizado por la revelación suprema, incapaz de comprender, al igual que con la anterior, por qué no lo había sabido hasta entonces: la boca, claro, ahí, aquí, abajo, bajo mi nariz, en mi rostro, la boca: de repente me había percatado de la verdad, tan simple e invisible debido a su propia evidencia: la boca no es nada, lo comprendí al pedirle a la paciente que la abriera y al abrir la mía: ¿qué he abierto?, pensé: la boca; pero entonces, si la boca abierta también es la boca, el resultado era una oscuridad, un agujero vacío, un abismo; quiero decir que, de repente, al ver la boca, al inclinarme para verla, no la vi, pero no la vi justamente porque era eso: el no verla; si hubiera visto la boca de la misma forma que veo mis dedos, por ejemplo, no lo sería o estaría cerrada; sin embargo, el horror consiste en que una boca abierta también es una boca: como llamarle «dedos» al espacio vacío que hay entre ellos; ¡pero eso no era todo!: si aquel defecto, aquella nada, era, ¿cómo podía evitar la llegada del vacío?, ¿cómo impedir que todo siguiera siendo lo que es en la nada?, ¿cómo pretender recobrar mi cuerpo si me evacuo por ese agujero negro y absurdo?; lo comprendí: ¡si todo se hubiera cerrado a mi alrededor!, ¡si las junturas hubieran encajado perfectamente, sin interrupciones, sin oquedades!, pero tenía que estar la boca, la boca abierta que también era la boca, y ahora ¿cómo permanecer incólume?, ¿cómo seguir inmutable, conservándome dentro, si allí estaba eso que no era, esa nada negra implantada en mí?; corrí, en efecto, a ciegas, no recuerdo durante cuánto tiempo, hasta que un nuevo acontecimiento pudo más que mi propia desesperación: en una esquina, recostado en un portal, distinguí a un hombre, el borracho de aquella madrugada, que parecía dormir o agonizar: un sombrero gris le cubría casi todo el rostro salvo la barba, y allí, insertado en lo más hondo del pelo, un agujero abierto, sin dientes, sin lengua, una cosa negra y circular como una cloaca o la pupila de un cíclope ciego que me mirara, aunque yo fuera «nadie», el vacío terrible, la nada; de repente se había apoderado de mí un horror supremo, un asco infinito, la conjunción final de todo lo repugnante, y me alejé desesperado cubriéndome con las manos aquel «salto», aquel «vacío» letal, atenazado por una sensación revulsiva, un pánico que era como cribar mis ideas con violencia hasta romperlas, la certeza de mi perdición, el desprendimiento a trozos de mi voluntad frente a lo irremediable: esa boca abierta, el error por el que todo entra y todo sale, los secretos, la palabra, el vómito, la saliva, la vida, el aliento final, porque me había envuelto en mi propio cuerpo para hallar algo último que no cierra, ese terrible defecto tras los labios del beso, tras el lenguaje cotidiano, tras los gestos de comer y masticar, más allá de los dientes y la lengua, ese algo que no es el paladar ni la faringe ni la descarga de las glándulas, ese vacío que me recorre hacia dentro, el túnel deshabitado del gusano, la nada, la negación, eso que ahora empezaba a corroerme; porque si existía la boca, nada podía detener la entrada del vacío; así que cerca de casa empecé a perderme, a dividirme en secciones, a horadarme: primero fue la piel, que apenas se presiente, que es casi solamente tacto, la piel que cayó a la acera mientras corría, la piel con mi figura y mis rasgos que se me desprendió como la de un reptil mudando sus escamas, porque el vacío se introducía bajo ella como un cuchillo de aire y la separaba; entonces los músculos y los tendones, en silencio: ¿qué protección pueden ofrecer frente a los túneles de la nada?, ¿qué defensa procuran ante esa marea de vacío, ese fallo que me alcanzaba como a través de un sumidero?, también ellos caen y se desatan como cordajes de barco en una tempestad; la calle en la que vivo recibió el tributo de la lenta pero inexorable pérdida de mis vísceras: ese trago infecto de nada, que no está pero es, provoca la caída de mi estómago y mis intestinos, mi hígado derretido y mi bazo, los pulmones sueltos que se alejan por el aire como palomas grises, el corazón que ya no late, madura, se endurece y cae, gélido como el puño de un muerto, porque nada puede latir frente a la boca, los nervios arrastrados por la acera como hilos de un títere estropeado, los ojos como gotas de leche derramada, la suave materia de mi cerebro, la exactitud de mis sentidos, la excitante delicia del deseo, la provocación del hambre y el instinto, las sensaciones, los impulsos: todo cae y se pierde, todo gotea incesante desde mi armazón, todo se va y se desvanece calle abajo; entro en casa al fin, ya solo mi esqueleto muerto y limpio, y pienso: mis hijos están en el colegio, por fortuna; me dirijo al salón y allí encuentro a Alejandra, que me mira con pasmo; se halla sentada en su sofá tejiendo algo, y probablemente destejiéndolo también, creando y destruyendo en un vaivén de interminable dedicación; entonces me detengo frente a ella, aparto con lentitud las falanges blancas de mi oquedad y la descubro, por fin, en toda su horrible grandeza: la boca abierta, las mandíbulas separadas, el enorme vacío entre maxilares, la verdadera boca que no es, desprovista del engaño de las mucosas, ese espacio negro que nada contiene, y hablo, por fin, tras lo que me parecen siglos de silencio, y mis palabras, emergiendo de ese vacío, son también vacío y horadan: Alejandra, hablo, llevo años traicionándote con una mujer que conocí en la consulta, y ella: Héctor, qué dices, y yo: es guapa, pero no demasiado, cariñosa, pero no demasiado, inteligente, pero no demasiado: lo mejor que tiene es que me quiere y que intentó hacerme feliz, y que nunca me ha creado problemas salvo la necesidad de mentirte, de ocultártelo, una mujer con la que descubrí que puede haber una cierta felicidad cotidiana a la que nunca deberíamos renunciar, como hemos hecho tú y yo, ni siquiera a esa cierta felicidad cotidiana, una mujer, en fin, con la que he sabido que ya todo es igual, que incluso el pecado termina alguna vez, incluso la culpa, incluso lo prohibido, y ella: Héctor, Héctor, qué te pasa, dice, que ya basta de mentiras, respondo y me deshago de su lento abrazo y de sus lágrimas, y basta de silencio, porque era necesario hablar, pero no solo a ti, no, no solo a ti, y ella, gritando: ¿adónde vas?, pero su grito se me pierde con el mío propio, que ya solo oigo yo, y eso es lo terrible: porque mi garganta ha desaparecido y solo quedan las tenues vértebras y el deseo de ser escuchado; corro entonces a casa de Galia arrastrando apenas los jirones blancos de mis huesos por la acera, y ella misma abre la puerta y grita al verme: no, Galia, no podemos seguir juntos, dije entonces, no tengo nada más que hacer aquí, tú, viuda y solitaria, yo, casado y solitario, nada que hacer, Galia, no más consuelos, no más secretos, basta de felicidad y de cariño doméstico, porque llega un instante, Galia, en que todo termina, y lo peor de todo es que tú no eres una solución: ¿por qué?, me dijo: porque es necesario decir la verdad y revelar la mentira, repliqué, aunque nos quedemos vacíos, es necesario abrir las bocas, Galia, le dije, y volcarnos en hablar y hablar y destruirlo todo con las palabras, dije, porque si algo somos, Galia, es aliento, así que es necesario, por eso lo hago, dije, y me alejé de ella, que gritó: ¿adónde vas?, pero su grito se perdió dentro del mío, que ya era tan enorme como el silencio del cielo; y me alejé de todos, de una ciudad que no era mi ciudad, de una vida que no era mi vida, corrí ya casi llevado por el viento, las espinas delgadas de mi cuerpo flotando en el aire, corrí, volé hacia los bosques transportado por una ráfaga de brisa como el polvo o la basura, avancé por la hierba, entre los árboles, desgastándome con cada palabra: basta con eso, dije, no más hogar, no más vida, no más esfuerzo, dije, grité en silencio: ya basta de mundo y de existencia, ya basta de hacer y de procurar, soportar, callar y mirar buscando respuestas, no, no más luz sobre mis ojos, nunca otro día más, basta de desear y pretender, de conseguir y por último perder lo conseguido y enfermar y morir y terminar en nada, todo vacío, intrascendente, limitado y mediocre: basta, porque hay un error en nosotros, un hiato perenne, el sello de la nada, esta boca siempre abierta, este hueco hacia algo y desde algo, miradlo: está en vosotros, el sumidero, el vórtice; lo he soportado todo, incluso los años de silencio, los años iguales y el silencio, la muerte interior, el vacío interior, la falsa esperanza, la ausencia de deseos, pero no puedo soportar esta conexión: si tiene que existir esto, este hueco vacío y nulo, esta ausencia de mi carne y de mi cuerpo, si tiene que existir la boca, prefiero echarlo todo fuera, dejar que todo se vaya como un soplo puro, que lo oigan todos, que todos lo sepan, prefiero esto a la falsa seguridad de un cuerpo muerto, eso dije, eso grité, y me vi por fin convertido en nada, la oquedad llenando todos mis huesos abiertos como flautas mudas, desmenuzados como arena por fin, solo esa ceniza última, apenas el rastro leve que el viento termina por borrar, el vacío enorme de esa boca que tiene que decir y revelar y descubrir y gritar y acusar y vaciarme hacia fuera desde dentro y mezclarme con todo, esa boca abierta e infinita del silencio absoluto por la que hablo aunque nadie oiga


    32. Los neoliberales suelen prestar ninguna o poca atención a esta segunda opción mientras que concentran todos sus esfuerzos en la primera


    33. Heydrich observa con inquietud las nubes que se concentran sobre la llanura


    34. De ese modo pudimos comprobar que la rapidez y la intensidad del prodigio es directamente proporcional a la energía producida por las mentes humanas que concentran su fuerza en la ampolla que el arzobispo mantiene levantada, quizá no por casualidad, de manera que todas las miradas puedan centrarse en ella, como los rayos del sol en una lente


    1. Entonces trato de salida que, concentrando así que tenía la función de sonar


    2. - Nótese, entonces, que aun cuando se intente una interpretación sistemática de las libertades sancionadas por nuestra Constitución -lo cual hice al principio relacionando los ordinales 20,26,28 y 33 de la Constitución-ha de haber regulación de la propaganda electoral concentrando su ejercicio en los partidos, o en las formas partidistas que el código permite qeu se establezcan pues de los contrario una amplia legitimación para hacerla haría que reine el caos en esta materia y, negaría el régimen de control constitucionales establecido que ejerce el Tribunal de forma tal que quedaríamos en situación de dar hurras y vivas al estado de anarquía


    3. y concentrando en ella los misionero todos sus tesoros y susgrandezas, San-Pedro llegó á rivalizar, por sus


    4. Es indudable que concentrando la atencion por medio de un actolibre


    5. las vanas grandezas de lavida, concentrando toda su existencia en el violento estrujón


    6. otra vez concentrando sumirada, se vio en el jardín de invierno


    7. concentrando en el puño toda su alma


    8. Yo hice lo mismo, y no me equivoqué: Ono estaba concentrando su aliento en el hará, el centro vital situado en el bajo vientre


    9. El profesor Openshaw dejó la pluma y miró fijamente al misionero, a través de la mesa, concentrando en una sola mirada su larga experiencia de conocedor de aquellos tipos de embaucadores, enteramente distintos entre sí, y entre los que solía haber aún algunos excéntricos y otros extraordinaria-mente honestos


    10. Intentaron un nuevo esfuerzo para detener la marcha del enemigo, concentrando el fuego sobre otro crucero, pero los cañones eran demasiado pocos, pues muchos ya habían sido destrozados o desmontados

    11. ¿Cómo se suponía que podía prestar atención a la posible presencia de enemigos y funcionar con normalidad al mismo tiempo? Luego se dio cuenta de que, como siempre, se estaba concentrando demasiado en los detalles


    12. Los guerreros lo siguieron con cautela concentrando su atención en Eragon y en Saphira


    13. El rey murmuró otras palabras más, y la mayoría de las lámparas de la cámara bajaron de intensidad, concentrando casi toda la luz en la zona frente al trono


    14. Se estaban concentrando en disparo nocturno con Howitzers de 105 mm cuando llegó el llamado del general Rodgers para poner al equipo en alerta amarillo


    15. –¡Ah! – Yabú se volvió a mirar a su sobrino, concentrando toda su hará en el hombre que le había traicionado y midiendo la distancia entre los dos


    16. – Armstrong maldijo de nuevo, concentrando su atención en los labios de los hombres


    17. Había iniciado mi último curso en McGill y respeté al pie de la letra sus deseos como un caballero del siglo dieciocho, concentrando todas mis energías en los exámenes finales


    18. Ya se habían dado las órdenes para la movilización de fuerzas, concentrando batallones en Cádiz, Málaga y Algeciras


    19. Año tras año, fueron concentrando la radiactividad, apartando el material inactivo y continuando sus trabajos con el activo


    20. La mujer le sujetaba la delicada barbilla en la mano izquierda y con el pulgar derecho le empujó con suavidad la cabeza, concentrando la presión en la parte superior del cráneo de la muchacha, en el meridiano de las orejas

    21. De alguna manera, Michael había conseguido desconectar de sus emociones y estaba concentrando toda su atención y esfuerzo en la tarea que tenía entre manos


    22. Aquí el pensador negativo trata de dar la impresión de que se está concentrando sólo en una parte del todo


    23. Decidida, Lavinia giró el timón a la derecha, alejándose de la carretera que estaba a punto de tomar, concentrando su atención en hacer memoria de la dirección de la casa


    24. La misma inactividad, el silencio del Movimiento en los últimos meses, debía tener preocupado al ejército, aun cuando pudiera pensarse que el peso de su accionar se estaba concentrando en las montañas donde los combates se incrementaban


    25. Joe lanzó un gruñido y miró por la ventanilla del helicóptero, concentrando su atención en los edificios que constituían las instalaciones del cosmopuerto de Zurich


    26. La tormenta iba a peor, no a mejor, y la atmósfera parecía más densa a su alrededor, como si la presión del aire se estuviera concentrando, dispuesta a explosionar


    27. Un fuerte murmullo procedente de la calle indicaba que los vecinos se estaban concentrando frente a la casa


    28. Pero «Alfil» no era un hombre que aceptara vivir amordazado mucho tiempo, así que decidió huir a México o a la Argentina, donde se estaban concentrando gran parte de los exiliados españoles


    29. Rogan notaba que la ira se le iba concentrando en la cabeza


    30. Tardaron un rato, mientras se creaba una gran expectación al pie de la muralla, con la gran cantidad de oficiales, équites, jefes auxiliares y mercenarios que se iban concentrando allí llevados por su curiosidad, para ver cómo se resolvía finalmente el asunto

    31. Los patronos voceaban los puertos de destino e iban concentrando junto al muelle a las personas con las que concertaban el viaje, hasta que completaban el cupo


    32. Era rabia, la rabia contenida durante años de vejaciones y miseria la que estaba concentrando en cada uno de sus pequeños músculos: una rabia voraz, desatada e incontenible que se estaba apoderando por momentos de todo su ser


    33. Los soldados españoles rechazaron sucesivos asaltos aniquilando a los atacantes que, reforzados con nuevos efectivos, realizaron durante la noche otros intentos, concentrando sobre las citadas cotas la actuación de todo el material extranjero


    34. concentrando su atención en un catéter de aspiración, tratando de absorber secreciones


    35. —Las minas celestes se están concentrando en vuestro YT-1150 —dijo Shappa, examinando con gran atención las lecturas de los paneles de control mientras iban hacia la montaña—


    36. Josephine se estaba concentrando en las relaciones sexuales del tío Wally con Maybelle, poniendo énfasis en las «prácticas antinaturales forzadas»; Penélope, que tenía un don especial para las matemáticas y la estadística, enumeraba las enormes diferencias salariales entre blancos y negros en Empresas Immelmann y otras industrias de Wilma; Samantha comparaba las cifras de ejecuciones en varios estados y exponía la preferencia de Wally de que se exhibieran las ejecuciones en la horca y las flagelaciones obligatoriamente por televisión en lugar de otros métodos menos inhumanos; y por último Emmeline describía la colección de armas de Wally y su uso en un lenguaje calculado para horrorizar a las profesoras del Convento, particularmente la descripción del empleo de lanzallamas para «asar japos a la parrilla»


    37. Julia estuvo encantadora y locuaz, concentrando la atención en mi hermana, hablando de los niños, el colegio y los cambios que quería hacer en la casa


    38. -¿Son siempre así de lentos? – preguntó, inquieta, o quizá concentrando en esa cuestión un malestar ajeno a la parsimonia del camarero


    39. El "clic" del mecanismo fue desusadamente fuerte en el silencio, y Steven Stride se sobresaltó y retrocedió un paso, parpadeando ante su hermano, concentrando toda la atención en los ojos de Peter


    40. Ese regimiento le daba muchas preocupaciones: el servicio de información le había comunicado que en ese distrito se estaban concentrando tanques y tropas de infantería alemanas

    41. Aquellas fuerzas se estaban concentrando en el flanco derecho de los alemanes


    42. Eran las paredes de la montaña las que, recogiendo y concentrando en el asombroso valle los rayos del sol, creaban aquel clima excepcional, a que contribuían sin duda otros sabios dispositivos que aún no podía adivinar


    43. Luego se rascó la oreja izquierda con el dedo meñique y supe que estaba concentrando su inteligencia en mi problema


    44. Cuando usted sea capaz de concentrarse completamente en su visión clara, será capaz de entrar en el espíritu de una cosa; llegará a ser muy real para usted; aprenderá a concentrarse y el proceso es el mismo si usted se está concentrando en la salud, una flor preferida, un ideal, un asunto complicado de negocios o cualquier otro problema de la vida


    45. No contemplaba entonces las talladas crines de los caballos ni las cabezas brillantes de los peones, pero sentía con toda claridad que esta o aquella casilla imaginaria estaba ocupada por una fuerza definida y concentrada, de modo que le era posible concebir el movimiento de una pieza como una descarga, una sacudida o el fulgor de un relámpago, y el tablero entero de ajedrez se imantaba de tensión, y sobre esa tensión él ejercía un dominio total, concentrando aquí y liberando allá toda la energía eléctrica


    46. Te estás concentrando en por qué el problema es insoluble en vez de pensar en la solución


    47. Desterró con energía la no deseada imagen de Tom de su mente, concentrando toda su atención en Sebastián y en lo que él le estaba haciendo


    48. Los omnianos se estaban concentrando detrás de las dunas


    49. Sacudió la cabeza con fingida resolución, concentrando toda su atención en las pequeñas margaritas que crecían entre la hierba


    50. Morvan lo ignoró, concentrando en Lua toda su atención


















    1. Acabará por concentrar


    2. bién al Yo y la Identidad, que en su afán por concentrar imágenes


    3. indican la vasta capacidad de concentrar niveles colosales


    4. galera, con el empaqueelegante de quien está seguro de concentrar las miradas


    5. Al concentrar la atención en su primo, volvía á admirar sus


    6. concentrar larealidad en la idea; pero esta absorcion y concentracion, en mediode su obscuridad,


    7. concentrar todo supoder de evocación sobre los meses de


    8. todos losesfuerzos por concentrar su atención en la lectura


    9. loshombres, que les hace concentrar toda su felicidad en los


    10. Parece innegable que la selección sexual favorecería la perpetuación de aquellos espermatozoides que no se perdieran en encuentros múltiples, aleatorios y, a menudo, infructuosos; que premiara la eficacia implícita en concentrar la atención y el esfuerzo en una sola persona; que garantizara, en definitiva, un mayor porcentaje de aciertos en los intentos reproductivos

    11. En el campo del derecho, Mehmet también paseó su liderazgo, al concentrar en un solo código la ley criminal y todas las materias relacionadas con la misma


    12. –¿No puedes concentrar la atención en lo que estás haciendo y padeciendo?


    13. Media hora después, incapaz de concentrar la atención en su trabajo y consciente de que estaba a punto de provocar un colapso circulatorio o un grave accidente, abandonó su puesto, cruzó el paseo y el pequeño jardín del Ministerio y penetró, casi temblando, en la amplia recepción de altas columnatas de mármol blanco


    14. Esto la dejaría en completa libertad para concentrar su atención en las patatas y para servir a punto, como deseaba, el queso y el apio


    15. Sabe cómo concentrar la esencia de todos estos sonidos espirituales, visiones e incluso olores, con algunos gestos acompasados; es un arte o nueva escuela de proceder


    16. Puede con su sola presencia concentrar su pensamiento sobre lo sobrenatural y que las cosas naturales abandonen sus mentes por uno y otro lado, sin que puedan darse cuenta


    17. Muchas cosas le preocupaban aquella mañana; tantas, que le costaba trabajo concentrar su atención en una concreta


    18. - Y también quiso concentrar la atención en las doce del mediodía, de modo que cuando el hombre gancho fuese cogido, él pudiera salir de su escondite y largarse con el niño sin que nadie se diera cuenta


    19. La enfermera Craven tornó a concentrar su atención exclusivamente en la señora Franklin


    20. El Khan trataba de concentrar sus ideas, escuchando con atención, a pesar de que el esfuerzo le estuviera agotando

    21. La segunda razón que los alemanes presentan como explicación de sus éxitos defensivos es su artillería, de la que destacan la eficacia de sus unidades pesadas y superpesadas, así como la gran flexibilidad con la que los mandos de Artillena de los Ejércitos y Cuerpos eran capaces de concentrar en cada momento, sobre el sector en peligro, toda la artillería disponible


    22. Según la Gaceta Oficial de la República Bolivariana de Venezuela, número 37322, del 12 de noviembre del año 2001, el FUS es un «Instituto Autónomo que tiene por objeto concentrar en un solo ente, la captación y administración de los recursos para lograr la optimización de las políticas, planes y regulación de los programas sociales, destinados a fortalecer el desarrollo social, la salud integral, la educación y el impulso de la economía popular competitiva, con énfasis en la promoción de microempresas y cooperativas, como forma de participación popular en la actividad económica y en la captación para el trabajo de jóvenes y adultos»


    23. de concentrar la atención:


    24. No pude concentrar bien el pensamiento en las cosas de acá


    25. ¿Existen algunos lugares en los que debiéramos concentrar nuestra atención?


    26. Comencé a dictar el caso 1930-97 y traté de concentrar mi atención en lo que decía y lo que leía en mis notas


    27. Eugenio y Wesley intercambiaron tarjetas y otra información; tras ello, el maitre volvió a concentrar su atención en la fiesta, que para entonces empezaba a animarse


    28. Los Reyes Católicos consiguieron concentrar los tres maestrazgos (Calatrava, Alcántara, Santiago) en manos de Fernando, lo que robusteció considerablemente el poder de la monarquía


    29. Esta constatación lo ayudó a apear a la nación de su papel de paladín del catolicismo para concentrar los esfuerzos en la defensa del suelo nacional, amenazado por Francia


    30. Hacia 1937, gastó mucho tiempo y dinero en construir, en el patio de su casa, un pequeño «radiotelescopio» con un «reflector» paraboloide de unos 900 cm de diámetro, para recibir y concentrar las ondas de radio

    31. Sólo cabe concluir que, mediante el simple proceso de escoger a todos los lectores de ciencia-ficción entre los jóvenes de diez a quince años, podemos concentrar el índice de creatividad científica en potencia en gran parte


    32. El dolor de su pierna rota se acentuó y amenazaba con escapar a su control; durante un rato tuvo que concentrar toda su atención en dominar el sufrimiento


    33. Como consecuencia, las mujeres del Clan aprendían a concentrar la atención de manera cuidadosa y precisa y a obtener de un vistazo la información importante que se desprendía de la postura, los movimientos y la expresión


    34. Al final del primer día, yo ya no podía concentrar la vista


    35. Trató de concentrar sus pensamientos en un poema, de recordar las canciones de los juglares en las plazas de mercado de Carcasona y de Tolosa, trató de recitar salmos y de rezar padrenuestros


    36. —Esperemos que así sea —respondió él con un suspiro, antes de concentrar de nuevo su atención en los caballos


    37. En toda la historia de la Matemática Newton no ha tenido superior, ni quizá igual, en la capacidad para concentrar todas las fuerzas de su inteligencia sobre un problema difícil


    38. Se relajó, sucumbiendo a su abrazo de oso, y luego, al dejarla él ir, moviéndose hacia atrás para extraerse, despacio, de entre las femeninas piernas, la interesada le propinó un buen golpe en los testículos, con tanta fuerza como fue capaz de concentrar


    39. La exposición se proponía concentrar en París las cosas del


    40. Supongamos que uno estuviera de nuevo jugando a ser Dios o Darwin y decidiendo dónde concentrar la grasa corporal del cuerpo de una mujer como señal visible

    41. Hay que concentrar otra vez todas las fuerzas y no rendirse


    42. Y, sin más, Silvester volvió a concentrar su atención en el aparato


    43. No había escuchado con mucha atención; el sol caía con demasiada fuerza en ese valle sin sombras, apenas podía uno concentrar los pensamientos


    44. Pero el criado parece sentirse especialmente responsable del barrido, se advierte que cuando se le aproxima el chico, intenta agarrar mejor la escoba con sus manos temblorosas, prefiriendo quedarse inmóvil y dejar de barrer para poder concentrar toda la atención en la posesión del adminículo


    45. Nimue volvió a girar, una vuelta completa sobre sí misma en el sentido del sol, pero sólo lo hizo para concentrar sus pensamientos y encontrar la respuesta, y cuando la tuvo la anunció con una entonación hipnótica


    46. ¿Quién podría solo, aunque fuese el trabajador más esforzado, concentrar en su mesa todas las relaciones y todos los asuntos por pequeños que fueran? Incluso lo que he dicho sobre la competencia principal resulta exagerado


    47. Sabía que los cañones estaban orientados para concentrar toda su potencia de fuego a cuatrocientos metros


    48. –Estoy cansada de escuchar estas tonterías -dijo Mildred, volviendo a concentrar su atención en el presentador-


    49. Es una alianza para concentrar el poder en manos de unos pocos


    50. Cerró los ojos muy fuerte, e intentó desesperadamente concentrar toda su atención en lo que hacían los Limitadores











































    1. –Con un encantamiento que sólo funcionará si te concentras con todas tus fuerzas en un solo recuerdo de mucha alegría


    1. Me concentro y terminar de percibir su llamado al diálogo, les pido que, por lo tanto, siempre telepáticamente, ya que puede producir electricidad


    2. Le aprieto las manos, concentro en ellas toda mi atención


    3. La sirena de la fábrica continuó llamando a los obreros después de que yo regresara al patio de recreo, y por las voces de los pescadores del pontón deduje que una trainera intentaba alcanzar la playa sin éxito, de manera que imaginé al patrón dando brazadas hacia tierra, a uno o dos tripulantes que echaban la carga fuera y el barco salvavidas que se balanceaba en la cresta de una ola, y pasados tres días fui de nuevo al despacho de las consultas y el abogado Como el señor mayor ha colaborado el juez está dispuesto a atenuar la pena, y ¿Cómo que he colaborado, doctor?, yo no he colaborado con nadie, y el abogado Esa es una buena frase para sus compañeros de cárcel que deben de tener un cabreo de mil demonios, voy a aceptar la oferta del juez, y yo interrumpiéndolo ¿Qué ha dicho de mis compañeros de cárcel, doctor?, y él A nadie le gustan los chivatazos, se comprende, es normal, si yo fuese usted me cuidaría, nunca se sabe, y yo ¿Cuidarme?, y él Cuidarse, no sería la primera vez que le ocurren accidentes desagradables a un preso, y yo No me venga con ésas, yo no he abierto el pico, doctor, y él Claro que no lo ha abierto, si afirma que no lo ha abierto es porque no lo ha abierto, explíqueles eso a ellos que mientras se lo explica me concentro en el juicio, lo único que no quiero es que me eche todo a perder en el Tribunal, y yo ¿Echarle todo a perder en el Tribunal?, y él Lo considero educado, arrepentido, dispuesto a aportar más detalles al juez, y yo Está claro que usted se ha vuelto loco, doctor, y él El señor mayor se vino abajo y cantó, esté tranquilo que no es el primero que afloja, y yo Le prohíbo que sea mi abogado, doctor, y él Si cree que me gusta defenderlo se equivoca, gracias a usted los bestias de la Policía le han echado el guante a hombres que respeto, y yo Hay un error, hay un malentendido, sólo puede ser un malentendido, y él No sea cobarde, señor mayor, de malentendido nada, ahora aguánteselas que es tarde para borrarse por miedo, y en cuanto al asunto de ser su abogado ojalá me librasen del caso, ojalá pudiese rechazar el nombramiento, ayudar a un calzonazos me asquea, y yo ¿Qué día es hoy, doctor?, y él Martes, y yo Pues sepa que es el peor martes que he tenido en mi vida


    4. –Siempre me agradará tu compañía mientras esté trabajando aquí, y mientras comprendas que la cocina es un arte, y que me concentro en ello cuando lo hago


    5. Me subo al coche decidida, tan decidida a que lo nuestro funcione que me olvido de llorar, me concentro en conducir por las calles de Londres hasta que, finalmente, me detengo delante de la casa de Nick


    6. Sí, si me concentro lo suficiente, juro que aprecio la diferencia


    7. Ahora, si me concentro, puedo centrarme en un nombre y el recuerdo aparece


    8. Cierro los ojos y me concentro en el ronroneo del motor


    9. Es un don especial, Observo a una persona con atención, me concentro… luego compruebo la lista de pasajeros y voilá, acierto su nombre


    10. A veces cierro los ojos, me concentro y vuelvo a encontrarme en ese cuarto y a ver a Willie antes de mi llegada

    1. Contuve el impulso de incorporarme de un salto y ponerme a gritar y me concentré en el magistrado, rogando que dijera al­go diferente


    2. Con una ansiedad considerable, me concentré en abrirme a sus pensamientos


    3. Me concentré en la música


    4. Concentré toda mi atención en Dorothy, la mejor estudiante de la clase


    5. Para castigarla, y porque no se me ocurrió nada mejor que hacer, me concentré en su amiga, que tenía una piel vulgar, un cuerpo interesante, unos pantalones verdes de explorador llenos de bolsillos y una camiseta rosa de tirantes


    6. Me concentré, primero, en mi respiración, y luego en mis atormentadas emociones


    7. Concentré en ella toda mi atención


    8. Concentré mi atención en el hielo girando lentamente en el interior de su vaso


    9. Dejé de hablar y me concentré en combatir el sudor repentino


    10. Me aferré con fuerza a la reja metálica y concentré mis cinco sentidos en los soldados

    11. Concentré mi atención en la protuberancia de la ampulla de Betania debajo de su jersey


    12. Con el ceño fruncido, me concentré y recordé los últimos pasajes que había leído en el Aurora Consurgens y los repetí en voz alta con la esperanza de que me ayudaran a conservar la cordura


    13. —Me concentré en los manzanos a la espera de que Matthew surgiera de la oscuridad


    14. Concentré lo poco que me quedaba de voluntad sobre el bastón, las nubes y la fuerza embravecida del cielo


    15. Los vampiros, en lo alto, me gritaban consejos y me animaban, pero ahogué el sonido de sus gritos y me concentré en los jabalíes


    16. Mientras los hostigaba hacia el lado más apartado del foso, me concentré en el jabalí del morro sangrante


    17. Entonces deseché tan macabros pensamientos y me concentré


    18. Lo ignoré y me concentré en lo que decía el locutor


    19. Tras recuperarme de la impresión inicial, me concentré en lo que estaba ocurriendo


    20. Por lo tanto concentré mi atención en cómo algo tan grotesco como la demonización de toda una raza podía echar raíces dentro del miembro más delicado de la sociedad: una niña; el miembro más vulnerable: una criatura del sexo femenino

    21. Y así es como encontré la estación de trenes, me concentré intensamente en seguir las reglas y en hacer un mapa del centro de la ciudad en mi cabeza mientras caminaba, y de esa manera me fue más fácil ignorar a toda la gente y todo el ruido alrededor de mí


    22. Contuve la respiración y me concentré en mis oídos


    23. Después bajé la vista y me concentré en la lectura de un libro de bolsillo


    24. Me concentré en abrir el tapón de mi botellín de limonada


    25. Con considerable preocupación, me concentré en abrirme paso entre sus pensamientos


    26. Concentré todos mis poderes, pues para entonces ya sabía cómo hacerlos aflorar a voluntad, mientras que en el pasado sólo habían surgido por instinto


    27. Durante un instante, me quedé agazapado en la misma posición y me concentré a la manera de la Tribu, desentendiéndome de todo lo que me rodeaba, excepto de los ruidos de la noche


    28. Primero me alejé un poco de la casa, por si acaso, y luego me concentré en seguir la dirección hacia el oeste


    29. Respiré hondo y me concentré en relajarme


    30. Concentré mi atención en los árboles y enseguida lo percibí: movimiento entre la maleza

    31. Cuando me concentré en ello, sin embargo, solo pude percibir la identidad de quien me llamaba, y la sensación de que alguien le estaba haciendo daño con magia antes de que la comunicación se interrumpiese bruscamente


    32. Me concentré en mi plato en busca de un poco de intimidad


    33. El maxilar inferior no estaba completamente seco, de modo que me concentré en el cráneo


    34. Concentré mi atención en los fragmentos del cráneo


    35. Cerré los ojos y me concentré en girar la boca hacia un lado


    36. Luego, en silencio, escuchando el rumor del agua contra el casco, me concentré de nuevo en las estrellas y el mar


    37. Me concentré en el tablero


    38. Me concentré en mi inclinación, quiero decir, mi reverencia


    39. Al recordar el bullicio de los pendencieros cuervos del tejado durante mi visita anterior, dejé de mirar por la ventana y me concentré en el techo, escuchando


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    concentrar in English

    concentrate

    Sinônimos para "concentrar"

    unir reunir centralizar fortalecer espesar aunar condensar